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El camino viejo (II y final)

Por ROLO
Hombre, libertadSeptiembre se nos venía encima. Casi empezábamos el semestre en el colegio cuando acordamos que la mejor forma de reciprocar tanto esfuerzo de una manera desinteresada era hacerlo a través de una entrega simbólica. Faltaba poco para la peregrinación a El Cobre por el día de la Virgen María y mi amigo, tipo inteligente pero siempre dispuesto al proselitismo, me arrastró a la marcha.

Fue una noche, más bien una madrugada diferente. Salimos a pie desde su casa, donde había pernoctado para garantizar desandar juntos todo el camino. A pesar de la hora se notaba cierta agitación en el ambiente. Demasiadas personas, muchas más de las que hubiese imaginado, salían de su casa y enrumbaban en silencio por un camino cierto que intuían, siguiendo a los otros que se le habían adelantado. Lee el resto de esta entrada

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El camino viejo (I)

Por ROLO
Hombre y religión, iglesiaSupongo para mi desgracia que nunca fui ni seré lo que se dice precisamente un hombre religioso. A partir de mi escasa experiencia personal la iglesia no es más que un edificio grande pero oscuro, con un aroma peculiar y asfixiante que hace intolerable mi estancia dentro del mismo. Eso lo aprendí mucho tiempo atrás.

Tenía unos pocos años, cinco o siete, en realidad no creo que pueda recordarlo, cuando una señora mayor muy agradable y persuasiva pero algo desquiciada, prácticamente nos arrastró desde el parque frente a la iglesia donde jugábamos a policías y ladrones para ver una vieja película en el video de la sacristía del templo sobre la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Fue una experiencia inolvidable y terrible como un dolor de muelas, lo admito bajo juramento. Lee el resto de esta entrada

Nostalgias del viejo marino

Por NOEL
viejo y marLa terraza es su lugar preferido en la casa. Cada tarde se sienta en un balancín o sobre las maderas húmedas y con suaves gestos acaricia el tablado. Sus manos tratan de descubrir qué secretos guarda el salitre entre las venas secas de las tablas. Las horas se le escapan allí, sobre esos metros cuadrados de árboles insepultos, arrastrados hasta la playa por los ecos de tormentas pasadas.

Para el viejo cada tablón es una historia, un barco, un océano. Disfruta imaginar leyendas de corsarios y piratas, tesoros escondidos, de tormentas terribles y arrecifes y naufragios. En esos instantes parece un niño; los ojos le brillan bajo el ocaso, pero en la piel curtida de su torso desnudo, en las grietas de su rostro encanecido, se adivinan sus propias aventuras de ultramar. Los callos de sus manos todavía acarician las sogas, enlazando nudos en el espacio vacío de la tarde. Lee el resto de esta entrada