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Ernest Hemingway: Los asesinos

Por Ernest Hemingway

restauranteLa puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.

-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.

-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?

-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.

Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba. Lee el resto de esta entrada

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Mis fotos con Ernest Hemingway y Gabriel García Márquez

Mi escritor favorito.

Mi escritor favorito.

Ernest Hemingway se construyó un personaje para él mismo. Lo interpretó toda su vida hasta que los problemas de salud y el agotamiento del saco de las buenas historias lo fueron matando. Dicen que fue aquel disparo. Yo sé que no. Lee el resto de esta entrada

El personaje de Hemingway

Por YASEL TOLEDO GARNACHE

Cualquiera podría ser el personaje en historias sin ficción

Cualquiera podría ser el personaje en historias sin ficción

Ernest Hemingway lo colocó en la parte inferior del iceberg, porque no significaba mucho para la historia. El personaje deseaba subir, por eso escaló línea tras línea, palabra tras palabra, letra a letra. Veía sangre, elefantes y grandes cazadores, toros, bombas y gente horrorizada, al viejo con el pez gigante. Lee el resto de esta entrada

Vestigios Hemingway (I)

Por YASEL TOLEDO GARNACHE

Ernest HemingwayConocer sobre su vida es un reto para mí. Una vez pensé que con saber dónde nació un hombre, con quién se relacionó y cómo murió, era suficiente. Pero, en esta ocasión, no sucedió así.

Durante mi infancia sólo sabía de Hemingway que era estadounidense, Premio Nobel de Literatura en 1954, y que había vivido parte de su vida en Cuba, donde escribió la noveleta El viejo y el mar. Empero,cuando escuché sobre su vida aventurera, sus amores y la búsqueda incesante de la perfección, la pasión por la pesca, el boxeo, el rugby y la disposición constante de ayudar a otros pueblos, sentí deseos inmensos de acercarme a su quehacer literario y periodístico. Como verdadero polilla, que come con los ojos, devoré en unos días el relato sobre el viejo pescador Santiago, también Adiós a las Armas, Por quien doblan las campanas y El gran río azul. Sin embargo, me quedé con hambre de más de esas historias tan reales y ennoblecedoras reflejadas en hojas que por suerte nunca estarán vacías. Lee el resto de esta entrada