Archivo de la categoría: Cuentos

Del archivo: El cuento y su escritor

Imagen tomada de Caricaturas.com

Por Yasel Toledo Garnache

El escritor leía su cuento delante del auditorio. Parecía que también sentía el miedo del personaje, el dolor en el pecho…

Su voz se tornaba más débil y se iba apagando poco a poco, como la vida del hombre de la historia que contaba. Las personas frente a él parecían nerviosas. Lee el resto de esta entrada

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Instrucciones para observar un Matisse…

Por Erian Peña, colega de la Universidad

Henri Matisse - La ratlla verda.

Henri Matisse – La ratlla verda.

Pensé que mi relación con Andrea, además de sexual, sería de inicio algo traumática. Como muchas de mis otras relaciones, que bien se hubiesen podido salvar con tiempo y tolerancia. Pero no dispongo comúnmente de mucho tiempo, o bien no quiero disponer, y mucho menos soy tolerante en estos casos.

Pero Andrea llegó a mí una tarde de abril (recuerdo bien el mes de abril, mucho más que otros meses) de la mano de un amigo Músico, director de una orquesta de low-rock-blues que se empeñaba en mezclar versiones de Nina Simone y Louis Armstrong, con poemas dadaístas de Paul Éluard, que traducía primero del francés y luego llevaba al inglés, como aquel original Les malheurs des immortels, que casi nadie entendía. Lee el resto de esta entrada

Cabeza de elefante

ancianoPor Erian Peña, colega de la Universidad
Observé al anciano sentado a mi lado. Rozaba los ochenta años, aunque quizá tuviera menos. La calvicie (en contraste con una amplia barba, que entre blanco y amarillo cobrizo cubría casi todo su rostro) y la faz gorda y enferma que exaltaba los pómulos, podían atribuirle más edad. Tampoco me importaba conocer los años del primer viejo que se siente a mi lado en un ómnibus urbano, pero apostaría que se acercaba a los ochenta. O estaba realmente demacrado, que era, por su aspecto mendigo y harapiento, lo más probable en este caso. Lee el resto de esta entrada

El camino viejo (II y final)

Por ROLO
Hombre, libertadSeptiembre se nos venía encima. Casi empezábamos el semestre en el colegio cuando acordamos que la mejor forma de reciprocar tanto esfuerzo de una manera desinteresada era hacerlo a través de una entrega simbólica. Faltaba poco para la peregrinación a El Cobre por el día de la Virgen María y mi amigo, tipo inteligente pero siempre dispuesto al proselitismo, me arrastró a la marcha.

Fue una noche, más bien una madrugada diferente. Salimos a pie desde su casa, donde había pernoctado para garantizar desandar juntos todo el camino. A pesar de la hora se notaba cierta agitación en el ambiente. Demasiadas personas, muchas más de las que hubiese imaginado, salían de su casa y enrumbaban en silencio por un camino cierto que intuían, siguiendo a los otros que se le habían adelantado. Lee el resto de esta entrada

El camino viejo (I)

Por ROLO
Hombre y religión, iglesiaSupongo para mi desgracia que nunca fui ni seré lo que se dice precisamente un hombre religioso. A partir de mi escasa experiencia personal la iglesia no es más que un edificio grande pero oscuro, con un aroma peculiar y asfixiante que hace intolerable mi estancia dentro del mismo. Eso lo aprendí mucho tiempo atrás.

Tenía unos pocos años, cinco o siete, en realidad no creo que pueda recordarlo, cuando una señora mayor muy agradable y persuasiva pero algo desquiciada, prácticamente nos arrastró desde el parque frente a la iglesia donde jugábamos a policías y ladrones para ver una vieja película en el video de la sacristía del templo sobre la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Fue una experiencia inolvidable y terrible como un dolor de muelas, lo admito bajo juramento. Lee el resto de esta entrada

Nostalgias del viejo marino

Por NOEL
viejo y marLa terraza es su lugar preferido en la casa. Cada tarde se sienta en un balancín o sobre las maderas húmedas y con suaves gestos acaricia el tablado. Sus manos tratan de descubrir qué secretos guarda el salitre entre las venas secas de las tablas. Las horas se le escapan allí, sobre esos metros cuadrados de árboles insepultos, arrastrados hasta la playa por los ecos de tormentas pasadas.

Para el viejo cada tablón es una historia, un barco, un océano. Disfruta imaginar leyendas de corsarios y piratas, tesoros escondidos, de tormentas terribles y arrecifes y naufragios. En esos instantes parece un niño; los ojos le brillan bajo el ocaso, pero en la piel curtida de su torso desnudo, en las grietas de su rostro encanecido, se adivinan sus propias aventuras de ultramar. Los callos de sus manos todavía acarician las sogas, enlazando nudos en el espacio vacío de la tarde. Lee el resto de esta entrada

El Frío

Por A.R LÓPEZ

flor de inviernoRecuerdo que aquella vez, cuando me detuve a arreglar los pliegues de mi falda, casi mini según algunos estándares, el detalle de la flor me pareció interesante. Otros usaban carteles, una virgen fervorosa o los pies llagados como símbolo de su pobreza extrema, pero este mendigo sólo necesitaba un tiesto agrietado. Era cierto que también tenía el jarro de hojalata y el perro, pero ambos se volvían irrelevantes si se los comparaba con la flor, y en cierto modo, le daban ese toque de elegancia que tanta falta le hacía a los otros. Lee el resto de esta entrada

Andén

Por NOEL
Andén, trenLa blusa se pega a la espalda empapada de sudor. Un escalofrío la estremece; amenaza con derribarla. Su aliento toma cuerpo con cada exhalación y se pierde entre la opacidad y los rumores nocturnos que la rodean. Cruza los brazos sobre el pecho, un gesto que intenta espantar esa frialdad que no sabe de dónde llega. En un ligero vaivén se acerca al borde del muro.

A sus pies se abre un abismo que rompe casi un metro más abajo, en un mar de gravas, un desordenado orden de formas y tamaños, que roba espacio al herbazal y se pierde en la oscuridad, ocultando en el centro de sus entrañas los dos hierros paralelos por sobre los cuales, en cualquier momento, el tren romperá el silencio, cargando en sus añejos vagones un sinnúmero de humanidades para las cuales, la muchacha en el andén, no será más que otra de las tantas sombras que irrumpen por las ventanillas. Pero aún el viento no trae los quejidos del tren, y el andén es un concierto de grillos y cigarras. Y la joven, una sombra de contornos difusos sobre él. Lee el resto de esta entrada

Del lobo y las ovejas

Por Erian Peña, colega de la Universidad de Holguín

LoboDicen que mi novio es gay y mira que yo sí estoy bien definida. Bastante, cariño. Y no te lo digo porque tenga tres o cuatro tragos arriba y me dé por hablar boberías a esta hora. Tú me conoces y sabes que siempre corto por lo sano y de una vez. De mañana no pasa.  Pero es que el niño lo parecía desde el inicio y yo de tonta me dejé llevar por su cara de angelito.

Al principio me extrañaba que siempre estuviera con Beatriz. O era su novio o era gay. Mira, el hombre que esté siempre al lado de una mujer y no se acueste con ella es homosexual. Ellos siempre buscan una confidente, alguien a quien contarles sus hazañas de portañuelas; y prefieren una chica a otro gay. Lee el resto de esta entrada

La Criollita (II y final)

Por YASEL TOLEDO GARNACHE

piroposPensamos que después de dos semanas se iría, pero siempre volvía. Decía que ella pagaba cualquier cantidad de dinero por la mercancía, que por favor la ayudáramos porque se le estaba acabando el tiempo. Nos tenía encajonaos.

Sospechamos que era periodista, pero qué podría resultar interesante para la prensa en un cementerio. Allí no había sustitución de importaciones, sobrecumpliniento, ni inventos de FORUM aplicados a la abertura de tumbas. Además, esa gente se presenta primero. Lo de reporteros investigando a escondidas solo es en películas. Lee el resto de esta entrada

La Criollita (I)

Por YASEL TOLEDO GARNACHE

piroposEl vestido blanco me deja ver su ombligo, los senos, las nalgas, el blúmer de encajes. ¡Qué belleza! Estoy loco por arrancarle la tela, besarle todo el cuerpo y hacerla gemir. La desnudez la vestiría mejor.

Venía a la hora menos aconsejable para el negocio. Simulaba ser del campo, pero no lograba esconder su aspecto citadino. El Pola intentó meterle mano enseguida, pero a la hora de la verdad se acobardó. No lo creíamos, porque estaba buenísima. Era una criollita que cualquiera se la comería sin sal ni na’: caderúa, con un culo gigantesco, una geta de película y unos rayitos en el pelo que le quedaban escapa’ o. Lee el resto de esta entrada

Casualmente de Santiago (II)

Por ERIAN PEÑA, colega de la Universidad de Holguín 

Lo que ves es un cuadro de la desfloración.

                                                                             Reina María Rodríguez

muerteEl muchacho puso, entonces, algo de música, pero todo le recordaba a Elena. Aquella canción le hizo llorar, aunque no entendía la letra en inglés. No supo si era la música de los violines, las guitarras eléctricas o todo el instrumental de la Orquesta Sinfónica de Berlín, lo que le producía una sensación asfixiante. Lloró mucho, o peor, recordó cuando ambos intentaron cantarla y seguir el estribillo, y le dolió más el recuerdo que la música. Lee el resto de esta entrada

Casualmente de Santiago (I)

Por ERIAN PEÑA, colega de la Universidad de Holguín 

Lo que ves es un cuadro de la desfloración.

                                                                             Reina María Rodríguez

 mujer de tangoColgó el teléfono. No tengo valor para llamarla, pensó. Ni quiero tenerla cerca como antes, cuando hablaba con Elena y casi moría de nervios. Debía estar acostumbrado, pero frotaba la tela de la camisa, ensortijaba un mechón de cabello, o no dejaba de mover una pequeña bola de papel entre los dedos, luego de arrancarla de la agenda telefónica ya casi sin hojas.

Elena lo hacía sudar, las palabras se le cortaban y más cuando había personas en la sala. La culpa era de la señal del teléfono, le decía y hablaba de cualquier cosa menos lo que en realidad quería contarle.   Lee el resto de esta entrada

Chicharrones (II y final)

Por YASEL TOLEDO GARNACHE

chicharrones de puercoLachy me dio un cuchillo, uno grande, y me dijo a ese hierro no sobrevive nadie. Este es el lugar, debajo de la mata de mango, tienes que darle donde más le duela.

Apretaba con fuerza aquel maldito cuchillo. Miraba a todas partes. Tenía que hacerlo. Eso era lo que siempre había querido. Ya no se burlarían de mí. El sudor me corría por todo el cuerpo.

¡Coño! No podía moverme. Lachy hablaba basura. Que yo era un cobarde. Que solo tenía que clavar el cuchillo y ya. Que le hubiese gustado verme en Angola. Que un verdadero hombre ya hubiese matado a ese maldito marrano. Que era una jeva. Lee el resto de esta entrada

Chicharrones (I)

Por YASEL TOLEDO GARNACHE

chicharrones de puercoMatar puercos me parece trágico. Apuñalearles el corazón y ver cómo la sangre sale de sus entrañas me deprime. Sé que es necesario, porque de lo contrario no podría comer los chicharrones que tanto me gustan. Pero no soy bueno para eso. No tengo valor para encajarles los cuchillos, rajarles la piel y picarlos en postas.

A Lachy sí le encanta. Adora partirles el corazón en dos. Nunca falla. Se embarra las manos de sangre, y dice que esa es la mejor sensación del mundo. A veces, yo quisiera ser como él, porque qué pensarán de un hombre que no puede darle una puñalá ni a un puerco. Lee el resto de esta entrada

Los ojos, sí, los ojos tristes

Por ERIAN PEÑA, colega de la Universidad

foto en la paredEn la foto parecía un hombre triste. Quizá era por la mirada que se perdía y podía llegar a penetrarte. Asfixiaba. Un hombre triste, había repetido muchas veces esa frase mirando la fotografía. Me llegué a cansar de ella. El pie apoyado en la pared. Las manos cruzadas al pecho. El suéter negro. Todo entonces me parecía negro. El cabello crecido y revuelto. Ensortijado. Los ojos, sí, los ojos tristes.

Me lo había repetido varias veces de manera casi obsesiva. Hasta intenté quemar la foto. Pero Susel me dijo, poco antes, que la soledad es un estado del alma, no del cuerpo. Un cuerpo no puede aparentar soledad. Y yo quise creerle. Susel no merecía mi desconfianza. Lee el resto de esta entrada