El Dios literario de Maylín Arencibia (+Fotos)

Maylín Arencibia junto a su hijo/Fotos: Tomadas del perfil de Facebook de la autora.

Por Yasel Toledo Garnache

La psicología y la literatura son sus dos grandes pasiones. Asegura que la primera le proporciona una suerte de esqueleto lógico para la construcción de los personajes, de quienes suele crear una especie de estructura clínica. El Centro Nacional Onelio Jorge Cardoso, donde se graduó del curso de técnicas narrativas en 2011 y actualmente se desempeña como especialista de Relaciones Públicas es fuente de buenas sensaciones, sueños y compromiso creativo y profesional.

Ganadora de reconocimientos como los primeros premios en el IV Certamen Poético Internacional Alonso Quijano (España, 2011) y el Concurso de Relato Corto Ciudad de Torrevieja (España, 2012), la joven escritora Maylín Arencibia Gómez, radicada en La Habana, hace poco sonrío otra vez con la satisfacción del éxito al obtener la beca Frónesis, que entrega la Asociación Hermanos Saíz, por su proyecto de novela Un Dios Estéril.

Con entusiasmo, expresa que esa obra constituye una deuda personal con sus memorias familiares. “Lo que comenzó en un repaso intencional por mi genealogía, devino en una labor de recuperación de tradiciones orales familiares sobre la emigración española en la Cuba de finales del siglo XIX y principios del XX.

“Mientras más hurgaba, más testimonios impresionantes surgían: gente pobre con nombres de reyes, mujeres que levitaban, fortunas enterradas en los traspatios, hijos ilegítimos, empresarios analfabetos, niños muertos, niños vivos… Los encuentros filosóficos de un caballero católico con un jefe santero, la coronación de una reina de Galicia en una tintorería. Un pescador mujeriego con una mujer tuerta. La hija de un rey casada con un camionero.

“Ahí está la materia prima, pero Un Dios Estéril ya no es una recopilación de historias. Esta novela en construcción es una pregunta: ¿Son ellos la mitad de lo que somos? Ahí aparece Adalberto, el cubano que quiere ser ciudadano español. Personaje que empieza su búsqueda con otra pregunta, acaso más simple, acaso más profunda ¿Y si me aparece una herencia? Intento ahora saldar la deuda con el presente. Y de paso descubrir cuál es en realidad ese dios estéril”, dice esta carismática muchacha, licenciada en Psicología, guionista de televisión y ganadora del segundo lugar en cuento en XVIII Premio Farraluque de Literatura Erótica (2014).

¿Cómo enfrentas el proceso creativo, es un acto serio que te exiges como autora, o lúdico y espontáneo?

—Es todo eso y más. No puede haber nada más serio que aquello que involucra un receptor. Ni nada más espontáneo que esa vocecita que te saca de la realidad inmediata para recordarte las ideas pendientes, a veces a gritos. Lo que sí puedo responder es que en mi caso se trata de un proceso lento, una gestación de elefante, cargada de manías y algoritmos. Pero una vez sobre el teclado, la masa va cogiendo forma. Y fluye.

¿Cuánto de ti hay en tus historias? ¿Cuán favorable o no es que los lectores perciban tu voz en cada relato o novela?

—La mayoría de mis historias son sobre mí sin serlo. Reconozco la incapacidad para retratarme objetivamente, pero sí escribo de lo que observo en el mundo y me duele, o me conmueve, que es en definitiva otra forma de dolor. Y ya en ese punto son mías. Soy yo quien las vive, cada vez.

Con respecto a la segunda pregunta hay algo interesante. Durante mucho tiempo me inquietaba la necesidad de definir un estilo, de encontrar, como dices: esa voz. Esa marca con la que pudiera identificarme, y mejor aún, que otros pudieran notar. Eso fue y es aún un fracaso total. Mis relatos y novelas nacen ya con voz propia. Cada historia me dice lo que necesita. A veces me apego más al lirismo, en otras ocasiones a una prosa descarnada y dura. Hay momentos en que necesito recurrir a un narrador clásico, neutral, y en otros no sé explicar lo que quiero si no empleo el absurdo o la introspección. Uso tantos tonos como sea posible, según lo que me interese transmitir. Mi literatura es como la esquizofrenia, un todo fragmentado en millones de voces y discursos. Aprendí a aceptarla, y ella, en cambio, me agradece.

¿Cuán favorables son tus conocimientos de Psicología para la literatura en aspectos como la construcción de los personajes y el desarrollo total de las historias?

—Esta es la pregunta que más voy a disfrutar en responder, porque me hablas de mis dos grandes pasiones. Me acerqué a ambas bajo una misma vocación: entender. Y las dos me han abierto las puertas a un universo de posibilidades en la creación… y en la comprensión.

La psicología, (en mi caso el psicoanálisis lacaniano) me proporciona una suerte de esqueleto lógico para la construcción de los personajes. Te confieso que no puedo diseñarlos sin saber de antemano la estructura clínica, esbozar algo del deseo y conocer fundamentalmente la relación, casi siempre mortífera, con su propio goce, que es en definitiva para mí la esencia de cada personaje e incluso de las historias. Aun cuando no utilice estos elementos en la escritura; tengo que saberlos, conocerlo todo. La literatura, como la concibo, no se trata de contar historias, sino de contar a alguien.

Maylín Arencibia junto a la joven escritora Elizabeth Reinosa

—¿Todavía se puede aspirar a lo verdaderamente nuevo en la literatura o los autores deben conformarse con dominios de técnicas y abordajes de historias de alguna manera reflejadas por otros?

—Es probable que ya se hayan tocado todos los temas y que se hayan usado todas las técnicas y formas posibles, pero desde el mismo momento en que un escritor toma algo de la realidad, lo procesa, lo amolda, lo reinventa y lo escupe sobre el papel, ya es nuevo. Mejor o peor logradas se podrán repetir muchas cosas, pero la visión de cada cual es lo que hace una obra única. Cabría entonces procurar que las hazañas estilísticas ayuden. Creo que sería hora de concentrarnos más en la sinceridad de lo que se expresa. Es posible que ahí, sin darnos cuenta, aparezca lo nuevo. O no. Pero esa labor crítica ya corresponde a otros.

Algunos consideran que la literatura cubana no vive un buen momento. ¿Comparan a los autores actuales con otras generaciones? ¿Qué piensas?

—Es una vieja práctica aquella de comparar lo actual con lo anterior. Y no siempre sale bien parado el presente. Casi nunca. Es algo que está en el imaginario colectivo. Me viene a la mente el refrán “Todo tiempo pasado fue mejor”, pero me gusta más la filosa reflexión de Ernesto Sábato en El Túnel: “…ni el diablo sabe qué es lo que recordará la gente, ni por qué…” Y a riesgo de caer en la ironía de usar como máxima para mi respuesta una frase de más de 70 años; te contesto: Creo que aún está viva, la literatura cubana. Late en muchísimas voces, bien sonoras y definidas. Las anteriores nos dejaron ese legado. No me creo que un estado de salud se defina por una época. Hay mucho más en juego. La literatura cubana existe y resiste en el discurso de cada tiempo. ¿Mejor o peor? No voy a ser yo quien lo juzgue.

¿Qué importancia le concedes al curso de técnicas narrativas del centro Onelio Jorge Cardoso?

—Otra pregunta que me agrada. Imagínate, pasé por el Centro Onelio entre 2010 y 2011, y ahora trabajo como especialista en Relaciones Públicas de ese lugar. Para mí es el destino y sus antojos. Un ciclo que se cierra y se abre con perspectivas cada vez más interesantes. El Centro Onelio marca mi vida desde todas las maneras posibles. Fue mi entrada verdaderamente seria en la literatura y hoy por hoy mi mayor compromiso profesional.

Podría aprovechar este apartado para, cumpliendo con mi trabajo y respondiendo a tu pregunta, hacer una especie de promoción solapada del curso de técnicas narrativas, pero en cambio voy a emplear el suspenso. A ver si continuamos conquistando cada año más solicitudes al curso, que ya sobrepasa los mil egresados. Esos, los que ya han estado, saben de lo que hablo.

¿Cuán difícil o fácil es publicar hoy en Cuba para una escritora joven?

—No es fácil y tampoco difícil. Creo que es natural. Es algo que está ocurriendo orgánicamente. Los sistemas están creados. Las editoriales de la AHS hacen un trabajo encomiable con la difusión de la literatura joven (crisis y dificultades aparte…) Los premios han resultado una vía expedita para alcanzar la letra impresa y algo de promoción. Pero olvidamos, quizás, que existen otras posibilidades. Conozco varios escritores publicados por la vía tradicional, que desde las redes están logrando resultados interesantísimos, y cuyos textos llevan entonces un carácter más inmediato y más íntimo. El escritor se adapta a los tiempos. El escritor cubano, adapta el tiempo a sí mismo y a su realidad. Y eso me encanta.

Si pudieras promover autores jóvenes o libros específicos de la literatura cubana más reciente, ¿cuáles serían?

—Esta es una de esas preguntas trampas. Exige una respuesta imposible de conseguir, al menos para mí. En primer lugar, porque quizás los autores que me impactan no quepan en el reducido espacio de esta entrevista, o porque en la premura de la respuesta olvide algún nombre, pero básicamente porque no puedo afirmar algo sabiendo que aún me faltan textos y autores por conocer.

Asignatura pendiente. Sin embargo, sí me comprometo con algo. Y no solo es mi criterio, sino también de la institución que represento: Apostamos por esa voz que más allá de las técnicas, o gracias a ellas, se hace escuchar, porque lo que tiene para decir da igual si es sucio, complaciente, incómodo o blando, mientras sea honesto.

¿Cómo te defines como escritora y persona?

—Definirse como persona nombraría todo lo demás. Sin embargo, es ardua la tarea. Es preferible verse en los ojos del mundo. Bueno, malo o regular. Hay algo de verdad en la concepción de los otros sobre uno mismo que a veces, casi siempre, no se desea saber o no se reconoce como propia. Como acá tenemos la imposibilidad de que puedas hacer semejante encuesta, trataré de elaborar algo cercano a lo que soy.

Y te confieso, me siento incómoda cuando me llaman “escritora”. Respeto el título y quizás por eso lo postergo. Te pongo un ejemplo del psicoanálisis: Lacan dijo que la función final de un análisis es la producción de un analista. Quizás la producción final de mi literatura sea mi nacimiento como escritora. Por ahora no lo soy.  Y no sé si algún día me autorice a llamarme así. De momento, soy una psicóloga que escribe.

¿Qué referentes tienes en la literatura, cubanos y extranjeros? ¿Por qué?

—Partiendo de que mi acercamiento a la literatura ha devenido de alguna manera en un interés y rigor prácticamente científicos; te diré que siento predilección por aquellos autores complicados. Los que han muerto por sus propias manos, los que sufrieron y los que aún sufren. Los rotos, los esquizofrénicos, los sucios. Me atraen sus fantasmas y por eso necesito sus letras: Joyce, Poe, Cortázar, Proust, Virginia Woolf, Bukowski, Artaud, Hemingway, Pessoa, Kafka, Alejandra Pizarnik, Pavese…

Menciono otros quizás no tan rotos pero que me han impactado: Saramago, Piglia, Kundera, Rulfo, Clarice Lispector… Y de los autores cubanos, me es difícil elegir. Con Virgilio Piñera creo que en algún momento llegué al punto del fetiche. Me han marcado también las búsquedas de Padura, la objetividad de Pedro Juan, el dolor de Carlos Montenegro, la magia de Carpentier. Sin olvidar a Wichy, Juan Carlos Flores, Ariel Ribeaux… No voy a seguir.

¿Cuáles son tus principales sueños en el mundo creativo?

—Que me alcance el tiempo, que fluyan las ideas y que me siga conmoviendo lo suficiente el mundo para que merezca la pena contarlo.

Maylín Arencibia, ganadora de la beca Frónesis de la AHS.

 

Obra de Maylín Arencibia, con la cual ganó el I Certamen de Relato Corto Ciudad de Torrevieja

Hay cascabeles que no hacen ruido


—¿Quién es? —volví a preguntar
—Un rencor vivo —me contestó él.
Juan Rulfo

 

Emilio Zamora contempla asustado el cadáver del cura. Sus manos están manchadas de sangre, también la camisa a cuadros grises que lleva usando desde la semana pasada, y siente por primera vez el espeso sabor a fierro de las gotas que cayeron cerca de los labios.

«Tienes que ser fuerte, hijo, ya no hay nada que hacer». Retumba como un eco la voz del padre Félix en la que otrora fuera una de las fincas más prósperas de todo Minas de Santa Isabel. Pero él, Emilio Zamora, sabe que sólo es el eco, sabe que se es fuerte cuando no se necesita del consuelo de nadie, mucho menos de un sacristán de mala muerte con aires de misionero, que llegó al pueblo para resignarse al exilio de unas tierras angostas y secas, donde la gente no recuerda dos salmos seguidos. En algo sí está de acuerdo el viejo Zamora, piensa efectivamente que ya no hay nada que hacer, pues si el hecho que el sacerdote relató con abrumadora seriedad nunca sucedió, entonces no hay secuelas, es la ley básica causa-efecto-consecuencia. Cree haber leído algo sobre eso en algunos de los libros que dejó el hijo. Por tanto, decide que acaba de hacer lo correcto y con extremo cuidado coloca al Padre, todavía tibio, en el suelo, lejos del butacón de cuero que le regaló su muchacho el día en que cumplió los sesenta años, y sobre el cual se derrumbó el cura retorciéndose en espasmos y convulsiones hace unos minutos.

Ahora debe limpiar las manchas y deshacerse de la porquería en que la sangre del sacerdote ha convertido sus ropas. Abandona la sala y se dirige de inmediato a la cocina, de donde extrae dos grandes cubas repletas de agua. Las traslada con singular destreza hacia el patio y, justo entre la pared trasera de la casa y el cantero de los reptiles, se desviste pensando una vez más en la visita del cura.

Hacía años que ya nadie se acercaba a su finca, desde que la Beatriz se largó con el primo de Puentes Chicos, dejándolo abandonado con un niño de dos años. Desde entonces, para Emilio Zamora sólo existirían los campos de cereales y el hijo, perdiendo casi todo contacto con el mundo exterior. En ocasiones visitaba el pueblo para vender los granos y cambiarlos por mercancías, pero nunca llevó al muchacho. En el fondo temía que apareciera la madre fugitiva queriendo arrebatárselo como una vez ya le había arrebatado la confianza. Lo había convertido en un viejo ácido y solitario. Por eso en el pueblo se murmuraba que tenía tendencias retorcidas, que por eso nunca más se había vuelto a casar y que por demás no mostraba al muchacho ante el miedo a que descubrieran en él las marcas de sus bajas pasiones. Sin embargo, Emilio nunca atendió a los chismes, ni siquiera a los que hacía correr el padre Félix sobre pactos con el diablo y criaturas satánicas que juraba se alimentaban en los terrenos de finca Los Hornos.

—A la verdad que ese padrecillo siempre fue un lengua larga muy imaginativo —dice Zamora lanzando una sonrisa a la cuba de agua jabonosa y retirando las últimas manchas que quedaban en su rostro—. Pero hiciste bien, Emilio. A ese sacerdote le hacía falta un escarmiento —resuelve impasible, tirando sobre la tierra seca del patio la sangre diluida en agua.

Comienza a caer la noche y el viejo sabe que debe apurarse, no tardarán en notar la ausencia del cura en el pueblo, y piensa que si comentó con alguien más la descabellada noticia que lo hizo ir hasta allá, entonces no dispondría de mucho tiempo para esconder el cadáver. Por un momento considera la idea de echarlo a las víboras, pero la desecha de inmediato. Si al menos lo hubiera pensado cuando aún estaba vivo…, muerto no tiene caso. Además, los canteros quedan justo al fondo de la casa, y sería el primer lugar donde buscarían. Aunque es una pena que sus niñas se hayan perdido semejante festín, sopesa con notable disgusto.

Por fin decide enterrarlo bajo la estancia, en la zona del baño, que es piso de tierra muy conveniente. El conducto sanitario lleva años roto, debido a lo cual se ha ido acumulando bajo los cimientos de la casa toda una zanja de desperdicios e inmundicia, en la que nadie se atrevería a buscar sacerdotes charlatanes. Contento con su elección, se dispone a entrar por la puerta del fondo para mover el cuerpo rumbo al baño, cuando recuerda que no ha alimentado a las víboras en todo el día. ¿Cómo ha podido olvidarlo? Ese asunto del cura y la fastidiosa noticia casi le hace descuidar sus criaturas.

El cantero de los reptiles es una estructura rectangular de quince metros de largo por cinco de ancho, constituido por doce nichos, seis a cada lado de un pasillo central por donde Zamora ahora penetra y enumera con detenimiento las serpientes.

—Treinta y seis en total —susurra para sí ayudándose con los dedos de las manos—. Treinta y seis sumando las nuevas crías y quitando la cascabel que tuve que sacrificar esta tarde —reitera casi con pena, pero inmediatamente recuerda que aún le quedan nueve ejemplares más y suspira con tranquilidad.

El muchacho estaría orgulloso si lo viera ahora. Todavía le parece que fue ayer cuando tuvo su primera pitón. Y fue él mismo, el niño Vicente, quien la encontró y la cazó. El viejo quedó asombrado ante la habilidad del muchacho para dominar animales tan peligrosos. Ya tenía dieciséis años y no quiso matarla. «Vamos a alimentarla, papá. Es hermosa». Y sí que lo era, Emilio Zamora nunca había visto criatura tan extraordinaria. Entre los dos construyeron un pequeño criadero donde llegaron a cuidar varias especies. Pero Vicente iba creciendo y quería conocer mundo. Ya no le alcanzaban los libros abandonados de su madre para figurarse qué era lo que el viejo quería esconderle más allá de las cercas de finca Los Hornos.

Por tanto, el día en que Vicente Zamora contó diecinueve años en sus costillas y cinco reptiles en el cantero, le comunicó a su padre la decisión de viajar. El viejo quedó sumido en una profunda tristeza cuando, agotados todos los recursos, el muchacho continuaba obstinado.

«Yo vuelvo, viejo, sé fuerte». Y el eco metálico de esas palabras, ahora salidas de los labios de Emilio, rebota en las paredes frías del zinc del criadero y lo devuelve a la realidad. El imbécil del padre Félix dijo lo mismo. Ser fuerte no es tan fácil como vivir mucho tiempo, o no enfermarse. Ni siquiera tiene que ver con la capacidad de cargar treinta o cuarenta quintales de granos cada jornada, esa fuerza es de otra naturaleza, que nadie te enseña a buscar, ni te da la que tiene si es que la encuentra.

—Bah —rezonga Emilio decepcionado—. Tonterías que se dice la gente, cuando sienten pena por otros y tampoco saben remediarlo.

Recoge la pala en un rincón del patio para dirigirse al baño. Antes recala en la cocina, prende el viejo farol y regula la mecha bien alta. La oscuridad ahoga la finca y a través de la ventana del baño Emilio percibe algunas luces que se acercan por la vereda que viene del pueblo. Debe darse prisa, dispondrá como máximo de veinte minutos. Es suficiente, estima y encaja la pala en el sitio donde enterrará el cuerpo.

Afanado en su tarea maldice la hora en que, picado por la curiosidad, dejó la seca de los granos en el patio esa tarde y salió a recibir la repentina visita. Era él, el cura de la parroquia de Minas de Santa Isabel. El único ser vivo que se atrevía a cruzar los límites de las tierras del huraño Emilio Zamora.

—¿Qué le trae por aquí, padre?

Y clava desesperadamente la pala en el hoyo recién abierto.

—Tenemos que hablar, hijo mío, es muy importante.

Comprueba que cavando a ese ritmo podrá deshacerse del cadáver en menos tiempo del estimado. «Esto es ser fuerte, padre», piensa, y lo invita a sentarse.

—Espero que no haya venido a convencerme de ir a su iglesia, porque hoy no estoy del mejor humor, y no quisiera ser grosero con su santidad —comenta burlón mientras el montoncito de tierra a sus pies comienza a deslizarse dentro del agujero.

—Esta vez no se trata de eso —informa en tono grave el sacerdote sentándose en un amplio sillón de cuero negro—. Vengo por cuenta de Vicente.

Emilio lo mira con ojos desorbitados y aprieta el ritmo. Calcula que en un aproximado de siete palazos más ya cabrá el menudo cuerpo del viejo sacristán y grita enardecido: «¡Regresó, Vicente regresó!».

—Me temo que eso es parte de lo que tengo que decirte, pero no es toda la verdad, debes estar preparado…

El sacerdote se detiene un instante para tomar aire mientras Emilio aprieta con tal fuerza el cabo de la pala que parece a punto de reventarse entre sus manos.

—¡Hable ya, hombre!

—Tu hijo ha muerto… Lo encontraron esta mañana flotando en el río de Pasoseco, cerca del puente a la entrada de las Minas. Fue identificado por algunos papeles con su nombre algo destruidos por el agua… Por eso he venido, tienes que ir al pueblo a reconocer el cuerpo.

Emilio continúa cavando mientras el sacerdote abre su biblia en Juan 8:32 y lee atropellando las palabras:

—¡Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres! Todos los que pecan son esclavos del pecado. Y un esclavo no pertenece para siempre a la familia; pero un hijo sí pertenece para siempre a la familia. Así que si el hijo los hace libres, ustedes serán verdaderamente libres…

—Vicente no está muerto, padre —interrumpe el viejo intentando disimular su rabia—. Ese que encontraron no es mi hijo.

Y suelta la azada tras extraer la última porción de fango del hoyo. Limpia sus manos como puede en el pantalón y se acerca al cura, que continúa encogido sobre la biblia en una interminable letanía:

—No he venido por mi propia cuenta, Dios me ha enviado.

Levanta la vista y mira al hombre frente a él directo a los ojos.

—Abre tu corazón a Dios, Emilio Zamora. Tienes que ser fuerte, hijo, ya no hay nada que hacer —concluye y cierra la biblia de golpe.

Trata de incorporarse, pero el viejo se interpone a su paso, lo agarra con fuerza por los hombros y el cuello. El cura queda paralizado y sólo atina a quejarse con los ojos apretados:

—¿Por qué no puedes entender mi mensaje? ¿Por qué no quieres escuchar mi palabra?

Emilio presiona aún más la chillona garganta del Padre y al tiempo que niega enloquecido: «¡Vicente no está muerto!», siente un escalofrío recorriéndole el pie en una forma alargada y grácil que asciende desde el agujero hasta su rodilla. El sacerdote, horrorizado, repite:

—¡Tu padre es el diablo, le perteneces y tratas de hacer lo que él quiere! ¡El diablo ha sido un asesino desde el principio! ¡Desde el primer pecado!

—¡Pues métase por el culo el primer pecado, padre! —y diciendo esto agarra a la cascabel por la parte posterior de la cabeza. Se trata de un ejemplar de algo más de un metro, bastante grande para ser una de las crías extraviadas de los canteros pero con una fuerza semejante a una anaconda. Emilio logra dominar con facilidad al animal ante el rostro despavorido del cura, que suplica soltando salmos y versículos incoherentes:

—¡No paguéis a nadie mal por mal! ¡El hijo de Dios ha de venir en mi auxilio y de mi interior correrán ríos de agua viva!

—¡No hable tanta mierda! —vocifera Emilio Zamora al oído del aterrorizado sacerdote—. ¡Al final el hijo de Dios también abandonó a su padre!

E inmediatamente abre con la mano derecha la boca del párroco y con la izquierda introduce la cabeza del animal en la cavidad abierta. La serpiente hace lo suyo al sentir el calor que emana desde las entrañas del desesperado sacerdote, y acelera su paso a la vez que Emilio, todavía sosteniendo la garganta del Padre, siente en la superficie cómo va penetrando el animal, ganando espacio a través de los huesos destrozados de la tráquea y la nuca.

En pocos segundos lo ve retorcerse en el mismo lugar con los ojos en blanco y con las venas del cuello hinchadas como las crías que alimenta en los canteros más pequeños. Observa con gusto cómo se recoge en un ovillo contra la pared del asiento mientras gime imitando el sonido de las cascabeles cuando luchan por la supervivencia. Pero el cura, que ya no entiende de supervivencia ni de reptiles, queda allí, contraído sobre el butacón de cuero negro —curtido por las manos del propio Vicente Zamora—, con los ojos abiertos y con un torrente de sangre emanando por la boca desgarrada.

Emilio comprueba una vez más las dimensiones del agujero, y luego de haber asentido con un leve movimiento de cabeza, concluye que sólo le queda trasladar el cuerpo desde la sala hasta el baño, antes de que las luces lleguen al zaguán de la finca. Pero justo cuando entra a la habitación, alumbrando con el viejo quinqué, no encuentra nada, allí no hay cuerpo, ni ríos de sangre, ni serpientes.

Se siente confundido por unos segundos, pero no se lamenta. Si no hay sacerdote, no hay mala noticia, razona acudiendo otra vez a causa-efecto. Y si no hay mala noticia, las luces que se acercan no deben ser parroquianos sino visitantes. Pero como nadie pisa estas tierras desde hace más de treinta años, entonces no puede ser otra cosa… ¡Es Vicente, que vuelve a casa!

Sin dudarlo abre la puerta principal y se lanza al camino, rumbo a las luces que ahora se distinguen en dos pequeños faroles que revelan la silueta de un hombre. Emilio pierde el equilibrio en su afán de llegar hasta la figura que se acerca lentamente, y cae al suelo. Trata de incorporarse, pero un dolor agudo justo en la boca del estomago se lo impide y se derrumba otra vez. Doblado en posición fetal, se retuerce sintiendo cómo los músculos de su abdomen se contraen y se expanden en rápidos espasmos, como si poseyeran vida propia.

Intenta agarrarse al suelo en medio de las convulsiones, pero sólo encuentra el polvo seco de la entrada de la finca y siente miedo. Por primera vez, Emilio Zamora acepta, en medio de su agonía, que siente miedo. Lo comprende cuando la figura a su lado levanta el candil sobre él y distingue, en lugar del rostro de su hijo, la cara del padre Félix, que austero le dice:

—Tienes que ser fuerte, hijo, ya no hay nada que hacer.

Y con severa parsimonia lanza bendiciones al aire aún con la luz entre las manos. El viejo desiste de intentar agarrar la tierra mirando hacia el cielo por última vez, y no advierte cómo de su boca abierta emerge una enorme cascabel que se aparta de su cuerpo, deslizándose sigilosa en dirección al cura, que contempla asustado el cadáver de Emilio Zamora.

Acerca de Yasel Toledo Garnache

Vicepresidente nacional de la Asociación Hermanos Saíz. Fue subdirector editorial de la Agencia Cubana de Noticias. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y Mejor Graduado Integral de la Universidad de Holguín (2014). Periodista, ensayista y narrador. En twitter: @yaseltoledo10. En Instagram: YaselToledoGarnache. En Youtube: Mira Joven (Cuba). E-mail:yasegarnache@gmail.com

Publicado el 19 de enero de 2020 en Asociación Hermanos Saíz, Entrevistas y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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