Cuba: La familia del faro en Cabo Cruz (+fotos)

Julio Rodríguez Rodríguez, responsable de los torreros en el faro de Cabo Cruz, y su hija Marianela.
Julio Rodríguez Rodríguez, responsable de los torreros en el faro de Cabo Cruz, y su hija Marianela.

Por Yasel Toledo Garnache

Aquel día fui a Cabo Cruz en busca de una historia. Los demás a mi alrededor no lo sabían. Por allí estuvo  el almirante Cristóbal Colón en mayo de 1494, durante su segundo viaje al archipiélago.

Siento atracción hacia esa comunidad, con el encanto del mar y la gente buena, una especie de adicción que me lleva hasta el lugar con la mayor frecuencia posible, por eso no importaba si la guagua me dejaba. Quería saber sobre los miembros de la familia del faro.

Ellos tienen su centro de trabajo en el patio de la casa: una enorme torre circular de 32 metros de altura y 155 escalones, construida con bloques de piedra, a la que se debe subir, como mínimo, tres veces en la noche.

Desde ese sitio, cerca de donde las aguas claras del Golfo de Guacanayabo se juntan con las del Caribe, sale una luz con un alcance de 36 millas náuticas, o sea, unos 72 kilómetros para guiar a los marineros en la oscuridad.

Ya sabía de Marianela Rodríguez, una de las dos mujeres torreras de Cuba, pues en noviembre de 2015 un amigo hablaba de ella, después de que la Guerrilla de blogueros invadiera el poblado. El atrevido hasta escribió un post que la definía como la joven, en ese oficio, más simpática del Caribe. En fin, yo también quería conocerla.

La “mala suerte” me negó la posibilidad, porque ella no estaba, pero la realidad era más rica, pues cuidar el faro es una tradición familiar de casi medio siglo.

Julio Rodríguez Rodríguez, el padre de Marianela, es el principal responsable en la actualidad. Cuenta que labora en este desde hace 25 años:

“Nací y crecí en esta zona. Mi viejo vino en 1966 para estar tres meses, sin embargo, lo hizo durante 47 años, y se retiró cuando tenía 70. Esta torre y todo dentro es uno de mis amores”, dice sonriente.

Ellos son oriundos de Gibara, no obstante, el sitio los cautivó: “Aquí vivimos con tranquilidad y paz. Nos gusta el olor a salitre y el ambiente.

Documentos revelan que, antes de 1959, en la zona existían unas 40 viviendas de pescadores, una caseta donde vendían los productos del mar o los cambiaban por víveres y dos bares con confituras, bebida y comida. Sus pobladores viajaban en chalupas hasta Niquero para llevar a los enfermos y comprar harina y vestimentas.

cabo cruzRodríguez Rodríguez refiere que, cuando vino su papá solo había un trillo hacia Las Coloradas, “se entraba y salía por mar”. Ahora es una ciudad chiquita, con casi todo, incluidos un consultorio médico, una clínica, escuela primaria, joven club de Computación y Electrónica, farmacia y, la mayor parte de las viviendas poseen buena señal en los televisores”.

En esta comarca encontraron estabilidad, pues antes su padre iba a trabajar en otras similares, durante breves períodos. “Mi mamá tuvo siete hijos, el primero en Pinar del Río, cuatro en Gibara y dos en Niquero”.

El diálogo continúa en el portal de una casona colonial de columnas neoclásicas, en peligro de derrumbe, y muy cerca de la entrada a la torre. Yo miraba hacia dentro y veía una especie de alfombra y el inicio de la escalera con forma caracolada y de hierro fundido, por donde se debe subir descalzo.

Todo está cuidado, limpio, pintado con barnices que protegen al metal del salitre. El panorama tiene algo de romántico: las aguas a un lado, la comunidad en otro, con sus movimientos cotidianos, el caminar de la gente, los techos de las viviendas, la brisa…

Desde la altura, la luz se enciende a la puesta del sol y se apaga al amanecer. Rodríguez Rodríguez explica que la cuerda dura seis horas y 40 minutos, por eso uno de ellos sube al menos tres veces: A encender, dar cuerda a la maquinaria, igual a la de un reloj de contrapesos y péndulos, y poner las cortinas para proteger la óptica de los rayos solares, en la mañana.

Cuando realizan mantenimiento, deben hacerlo 10 u 11 veces. “Este es uno de los faros mejor conservados del país, como los demás del sur de oriente”, expresa con orgullo.

Foto/ Rafael Martínez Arias.
FOTO /  Rafael Martínez Arias

EL DE CABO CRUZ Y OTROS EN EL MUNDO

Su construcción se extendió desde el 31 de enero de 1859 hasta el 5 de mayo de 1871. El destacado poeta cubano Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé, fue guardalmacén y operador de la obra.

En la casona, históricamente, vivieron los cuidadores de la edificación. La familia Rodríguez residió durante unas tres décadas, pero el tiempo y, en especial, el huracán Dennis, en 2005, hirió con furia a las paredes y demás elementos constructivos, que esperan por la materialización de algunos proyectos, para revivir y conceder más maravilla a esa geografía.

De forma general, el origen del término proviene del nombre de la Isla de Faro, donde, se dice, estuvo el célebre de Alejandría, impulsado por Ptolomeo II, faraón de Egipto, a partir del año 285 hasta el 246 antes de Cristo.

Desde el inicio, se vinculan a la navegación humana, casi siempre cerca de los puertos. De los construidos por los romanos, quedan pocos. El poligonal del Castillo de Dover, en Inglaterra, y el de la torre de Hércules, en La Coruña, sobreviven, el primero con su aspecto original y el segundo, reformado y revestido en el siglo XVIII.

Páginas digitales reseñan que, antes, los fenicios y los cartaginenses encendían fuego en lo alto de los torreones de vigía, levantados en puntos destacados de las costas.

Por largo tiempo se crearon con una plataforma superior en la que se encendían hogueras con carbón, alquitrán o brea.

En el siglo XVII, algunos disponían de una linterna en la que se colocaban hermosas lámparas de aceite o sistemas con mechas introducidas en sebo, ambos bastante extendidos en España.

Entre los más vetustos de ese país, antigua metrópoli de Cuba e impulsora del de Cabo Cruz, se incluye el de Portopí, edificado en el XIV, en la entrada del puerto de Palma de Mallorca, con una torre de planta circular y provista de una linterna en aquel entonces. Las arquitecturas varían según tendencias de la época y la nación.

La fuente de alimentación evolucionó, y del carbón se pasó a aceites de pescado, minerales y vegetales (colza y oliva), para lograr mechas más potentes.

En 1920, el sueco Gustaf Dalen ideó una lámpara de gas acetileno, que producía destellos automáticos y giraba gracias a la presión del gas. El invento abrió paso a los primeros faros no vigilados.

Foto/Rafael Martínez Arias.
FOTO / Rafael Martínez Arias

El desarrollo tecnológico, especialmente los modernos sistemas de navegación por satélite, como el GPS, provoca que algunos resten importancia a esas edificaciones con iluminación, amigas y guías en la noche, sin embargo, mantienen su utilidad porque permiten la verificación del posicionamiento en la carta de navegación y aquellos equipos pueden fallar.

Varios poseen sistema de sirenas, para emitir sonidos en días de niebla densa. En comunidades de pescadores, son esenciales.

EL GUARDIÁN DEL FARO Y SU FAMILIA

El diálogo con uno de los guardianes del de Cabo Cruz prosiguió en la sala de su vivienda. Le pregunto más de la familia:

“Vivo feliz con mi esposa y tengo dos hijas, una de ellas, Marianela, trabaja conmigo y hace la misma función que los demás torreros: limpia la óptica, pinta, se sube a una escalera…, estoy orgulloso”, manifiesta, y sonriente se recuesta del espaldar del balance.

Yo lo imaginaba en aquellos momentos de su infancia, al  subir junto al padre o ante el peligro de ciclones, cuando permanece en el faro, aunque las demás personas son trasladadas hacia sitios seguros.

Julio Rodríguez Rodríguez y sus familiares conocen al mar y al oficio de farero lo suficiente como para respetarlos y amarlos. La tradición vive en Marianela, tan solo con  20 años.

Marianela Rodríguez, una de las dos fareras de Cuba./Foto de Rafael Cruz.
Marianela Rodríguez, una de las dos fareras de Cuba / FOTO Rafael Cruz.

No la conocí, tampoco a su esposo, al abuelo, ni a la madre, pero siento cariño hacia quienes han dedicado tanto al noble empeño de encender una luz para los navegantes y mantener, como joya viviente a ese señor de casi 145 años, que se levanta elegante.

Acerca de Yasel Toledo Garnache

Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 22 de mayo de 2016 en Reportajes, Vivencias y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Cabo Cruz es un poblado especial, quienes vivvimos allí nunca lo olvidamos. Ahí hay un restaurante con bastentes tipos de pescado muy buenos

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