Descubrir Galeano

Eduardo galeanoPor Rafael J. Rodríguez Pérez, amigo de Bayamo
Me han invitado a hablar, muy brevemente, de Galeano. Es un honor muy grande, que aprecio en lo que vale. Puesto que no soy catedrático, ni crítico, ni nada parecido, solo podría hablar de mi Galeano, ese que he construido a lo largo de los años al disfrutar sus libros, un Galeano privado, brotado de palabras, sensaciones y recuerdos hermosos al que nadie, ni siquiera la muerte, me ha podido quitar. Creo que mi Galeano le habría gustado a él, al de verdad.

La primera vez que tuve un libro suyo frente a frente, me pareció un obstáculo insalvable: lo tenían agarrado, contra el pecho, dos manitas de ensueño, y tan fuerte, que la sangre de las venas abiertas de América Latina había dejado de fluir. “Desangrada, no muere”, pensé, intentado penetrar con los ojos el paisaje que de veras quería: ¡oh, cuerpo de mujer, blancas colinas! Se trataba de un caso de belleza mayor, con una deliciosa distribución del agua corporal por el lado donde suelen crecer, en las hembras mamíferas de la especie Homo sapiens, aquellos atributos gemelos, dignos de toda devoción, por donde casi todos succionamos la vida. Y no hablo aquí solo de pequeñines.

Si hubiese tenido la cultura de ahora, la habría abordado con un chiste “de altura”, al estilo de: “a Dios gracias no naciste amazona. Hubiese sido un crimen de lesa humanidad”. Pero, señores, yo era casi un bebé. Como quien dice, acababa de soltar a Salgari, y he aquí, de pronto, a esta jovencita atreviéndose ya con libros serios. Esa primera vez, como aquella sombra se me interponía, me quedé con las ganas de asomarme al paisaje.

Por si acaso, nada más por si acaso, salí a buscar el libro y lo leí. ¿Lo entendí entonces? Por supuesto que no. Pero fue gracias a mis apasionadas peroratas sobre izquierdas latinoamericanas, explotación económica, malaventura y pisoteo total de nuestras dignidades, que pude impresionar a aquella belleza tropical, dulce producto del atroz mestizaje… ¡Ah, qué venganza! El amor vencería a las trasnacionales, quebraría muros y predestinaciones. Tanto la impresioné que aquella niña y yo fuimos amantes, después, joya mejor, fuimos amigos y, desde entonces, Galeano fue una magia entre nosotros. Adorador de la belleza y de la vida, estoy seguro que este “indebido” uso de ese libro mayor no lo habría molestado. Por el contrario, me parece que hubiera disfrutado esta historia. Y yo habría adorado contársela.

Señores, cuán poderosa es la memoria histórica: en 2009, durante la Quinta Cumbre de las Américas, cuando el gran Hugo Chávez le regaló un ejemplar del libro al presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, algo disparó en mi cabeza y volví a ver, clarito ante mis ojos, como acabados de nacer para el mundo… bueno, ustedes saben qué… Había pasado mucho más de una década; nosotros, los de entonces (ella, sus gemelos y yo), ya no éramos los mismos, mas la magia Galeano estaba intacta.

A mí, que ya me había enredado definitivamente con la literatura, esa otra chica tan díscola y tirana, Galeano siguió creciéndome por dentro. Él también se había descocado por ella. Teníamos pues, algo en común. Caramba, qué hermosura. Después, adquirí categoría mayor. Les explico: conocí a gente que lo conocía, incluso, a una prima, ¡con su mismo apellido! ¿Qué les parece? ¡A mí me pareció una chulería! Esa persona, a quien llamo mi uruguaya preferida, lleva su sangre, y comparte su vida con alguien cuya sangre quisiera llevar yo, por demás, gran amigo del hombre y por causa del cual se conocieron hace más de dos décadas. Señores, esto es grande: descubrirlos a ellos y a su Centro de ensueño, y llegar a quererlos, mientras Galeano me crecía por dentro, ha sido de lo mejor que me ha pasado.

Cuando leí por vez primera Memoria del Fuego, me sentí tan suertudo, tan orgulloso, tan condenadamente “uruguayoo” y, de paso, tan “nuestroamericano”, que de no vivir al otro extremo del país, Ivón Galeano habría “pagado” mi entusiasmo con un abrazo en llamas y un discurso encendido que todavía llevara en su memoria. Desde entonces, cuando me encontraba con estos entrañables amigos, solo mi natural discreto me impedía preguntar cada cinco minutos: “¿Bueno, y qué dice el pariente? ¿Cómo le va al amigo?”; y ese mismo natural discreto aguzaba todos mis sentidos y cerraba mi boca para escuchar con guataca redonda, con alma y corazón, las historias del hombre narradas por El Chino, al que, aprovecho para decirlo, debieran soltarle por ahí un premiecito de Narración Oral. El placer de escucharle es gratamente comparable con la lectura de algunos textos de Galeano.

Y en sus palabras vimos vivir al hombre, y lo vimos pensar, escribir y amar. La última anécdota que le escuché, la del faisán trufado en hotel siete estrellas, el épico bistec con papas fritas y el Chino sabichoso, me hizo saltar las lágrimas de risa. Pensándolo bien, me percaté después de que Galeano nos ha tenido siempre así, al borde de las lágrimas, sin importar que fueran de dicha o de quebranto.

Ah, con qué raro y angustioso talento fue dotado este hombre, capaz de percibir el escueto esqueleto de las cosas y pintarlo en palabras, como nadie. En ocasiones, al sentirme rozado en lo más hondo, lo imaginé como un inmenso puño de letricas punzantes que estiraba de pronto un índice temible, siempre apuntando al pecho y a la izquierda.

Qué aterradora lucidez, certera hasta el dolor, para todo lo nuestro. Cómo se le entregaron las palabras, que lo rodeaban siempre, sonreídas y sumisas, rogándole que jugara con ellas y desnudara mundos. Dónde se quebró el molde de este gran hacedor que usó todos los géneros y ninguno a la vez. Uno tiende a idealizar a estos seres, pero ni eso permitió, mostrándose tan dolorosamente humano en cada línea que al tiempo que lo vemos reivindicando a un continente entero, no nos deja olvidar que él también ha sufrido, y tiene digestiones y amores.

Me ha pasado con todos sus libros, incluso con aquel cuyo caudal “sangriento” logré canjear por besos. Dios me perdone. Me sentí culpable de ello hasta que lo escuché decir que él mismo no sería capaz de volver a leerlo. Pero mi culpa se alimentaba también de otras cosillas, provenientes de una convicción íntima, que defendí bajito hasta que el propio autor me liberó. Es la siguiente: el mejor Galeano no habita en su libro más famoso, ni siquiera en su periodismo político y mordaz. El Galeano profético y vital, tan soberanamente talentoso que uno se siente abochornado y al tiempo tan feliz de que viniera a nuestros ojos hombre tal, está en sus otros libros. Mientras leía, por ejemplo, El libro de los abrazos, me emocioné de tantas y tan tiernas maneras que cerraba los ojos para tomar aliento. De no saber cómo andamos de papel y de tinta por acá, habría soñado con imprimir sus textos tantas veces como fuera posible y soltarlos al viento como volantes prístinos. Al final, asidos en un puño, frente al abismo de mi propia memoria, esperé que soplara una brisa sensible y los eché a volar. Con los años, algunos encontraron solitos los senderos hacia mi corazón, y todavía lo abrazan.

¿Cómo pudo este hombre percibir y llevar al papel esa oculta poesía de la vida, y hacerlo no una vez, sino muchas? Algunos de estos libros son verdaderos golazos literarios, para usar un término que le sería grato. En Cuba diríamos jonrones. ¿Saben los ninguneados de América Latina y de todo el planeta la estatura literaria y humana de este uruguayo sin pelos en la lengua, ni en el alma, que nunca se aburrió de alinearse con ellos, de tomar partido, de alertar? A los poderosos ni pregunto, porque lo saben todo y hacen como que no. Para muchos de ellos, la muerte de Galeano debe de haber sido una buena noticia, ejercitado como estaba en desenmascararles sus miserias.

A mi juicio, no ha sido pronunciado un discurso político de tanta contundencia o eficacia que pueda compararse con la que logran algunas obras de Galeano. Nadie, con tan pocas palabras, dijo cosas tan hondas ni tan grandes. Le bastaban apenas unas líneas para absolver o condenar. Un parrafito reivindica una vida, rescata una memoria, hace temblar la cordillera, arrodilla las almas. La mía se le rindió hace rato. Pequeño escribidor, sempiterno aspirante a discípulo, taimado imitador, estaré para siempre chiflado por Galeano, pues sus creaciones han despertado en mí el perenne deseo de escribir y hacerlo lo mejor que se pueda. Innumerables veces su turbión de talento iluminó mi mente para nuevos proyectos, hizo nacer historias o desbrozó un camino. Los textos inspirados por él, y no son pocos, pueblan una gaveta agrupados bajo un rótulo de obligado cariño: Viñetas a lo Galeano.

Ellos, seguramente, alumbrarán algunos de mis libros posibles; y serán mi homenaje a este uruguayo universal cuya alquimia palabrera y sincera dio además una intensidad rara a mi respeto por los otros, al afán de servir, de ser útil y justo y, sobre todo, a mi amor por esta Nuestra América, tan “despreciada y entrañable”.

La última vez que pregunté por él, sabiéndolo acechado de muerte, El Chino respondió: “Rafe, creo que se nos va”. Me encogí de pena, pero acudieron de inmediato a mi mente algunas frases de aquel otro gigante que me ha salvado tantas veces de caer en desesperaciones. Escogí una, y la fui murmurando como si fuera un salmo: “la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”.

Ahora, a casi un año de su partida física, estamos otra vez reunidos en su nombre, y puedo imaginarlo por aquí, feliz en esta inmensa biblioteca feliz en que se transfigura, por estos días, esta ciudad que amó. Si me esfuerzo, puedo sentir su pálpito tranquilo…
Señores, para serles sincero, hoy me siento un Galeano, de modo que les pido que olviden aquella discreción natural de la cual hice gala al principio, y abran bien los oídos para que escuchen este aporte novísimo, en forma de concepto, al diccionario enciclopédico mundial:
Eduardo Galeano: dícese de aquel que toca esencias, remueve corazones y dispara verdades. Espina clavada en la garganta de los poderosos, amigo de los nadies, de los condenaditos y los pobres del mundo.

En Latinoamérica, quiere decir también Domador de Vocablos, aunque en algunos dialectos antiguos puede ser traducido como Aquel que dijo y supo decir. En muchos sitios se considera un Dios de la Palabra.

Señores, yo confieso: mi corazón es uno de esos sitios.

*Texto leído por el autor durante el homenaje al escritor uruguayo Eduardo Galeano, en la XXV Feria Internacional del Libro de La Habana.

Acerca de Yasel Toledo Garnache

Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 2 de marzo de 2016 en Literatura, Personalidades y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Carlos A. Toledo Ferral

    Saludos Yasel, muy lindo de verdad, hablar de ese inmenso Galeano es de por sí una ardua tarea. Felicitaciones. Carlos Toledo

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