Un día en la vida de un héroe (+fotos)

Gerardo Hernández, héroe, Cuba

Yanelis Martínez (izquierda) junto a Gerardo Hernández, su esposa, Adriana, y su hija, Gema.

Por Yanelis Martínez González, amiga de la Universidad de Holguín 

Cuando recibí el mensaje de texto no lo creía. Luego el suyo con la confirmación y la confesión de que la idea había sido suya. Por fin se haría realidad uno de mis más grandes anhelos después de tanto tiempo de correspondencia atravesando el mar y barrotes. Apenas pude pegar ojo en toda la noche, sobre todo después de sus dos llamadas fallidas, momento en el que maldije una y mil veces la cobertura, la conexión y todo cuanto a telefonía móvil se refiere.

Por fin amaneció. La mañana me pareció más larga que de costumbre, como si no avanzaran las horas. Entonces la tarde. La hora y el lugar indicado. La espera. Cuando vi entrar solo a sus hermanos, Fernando y Antonio, acabaron de encresparse mis nervios. Eso unido a la observación de mi compañera de al lado: “no está”, fue suficiente para que mis manos se tornaran frías, comenzaran a sudar y mis pies a moverse inquietamente como si quisieran escapar de los zapatos.

Y aquí su mensaje salvador en un texto breve, con la síntesis de un periodista: vamos en camino. Tres palabras suficientes para calmarme. No importaba la hora, que se hiciera tarde para recorrer cerca de 30 kilómetros para llegar a mi casa. Solo me interesaba tenerlo ante mí, materializar el abrazo tan ansiado desde su regreso a nuestra Patria.

Llegó. Al verlo no pude evitar que mis ojos se aguaran. Venía tan risueño como siempre al lado de su amado “Bonsai”. Se sentó y comenzó a recorrer con su mirada las filas repletas. Yo me decía: “me está buscando”.

Gerardo Hernández y su familia

Inició sus palabras. Me estremecí. Lo oí hablar de solidaridad, de apoyo, de correspondencia y me tomé para mí las palabras. Cuando pronunció mi nombre la emoción se apoderó de mí, me estremecí. Llegué junto a él. Allí estaba. Ya no era un cartel, una foto de las recibidas en estos años de correspondencia o una voz del otro lado del teléfono. Era él en persona, el héroe, el hombre, era Gerardo Hernández Nordelo. Cuando me abrazó no pude evitar que las lágrimas nublaran mi vista como ahora.

Me preguntó por la familia, el trabajo. Hablamos sobre nuestro amigo Flores, el caricaturista tunero que se unió a la lucha por su regreso. Rememoramos sus noticias en las misivas que me envió. Le obsequié una postal de nuestra Loma de la Cruz para que siempre tenga a Holguín cerca.

La inevitable despedida. O mejor, un hasta luego. La carretera y en mi mente su rostro, el de su amada, el de sus hermanos. Mi casa y todos esperando por mí para que le contara. Pero sonó el teléfono. Es él preocupado por si ya regresé. Como si no fueran suficientes emociones mi móvil avisa la entrada de un SMS. Es suyo y dice: “me alegró mucho conocerte finalmente y verte tan linda y tan feliz!”.

La noche transcurre como la anterior. Ahora son las emociones las que no permiten conciliar el sueño. Es un nuevo día. Una marcha de un mar de pueblo me recibe. Inicia el desfile. Avanzamos un poco y ellos aparecen. Tras una señal me aproximo y me reciben su caluroso abrazo y la ternura de Adriana.

Junto a ellos camino y en el sitio erigido para homenajear al Che escucho sus palabras. Recuerdo cuántos coloquios soñamos con este momento. Todo termina, pero él me tiene reservado un regalo enorme: su compañía y la de su familia. La tranquilidad y belleza del Mirador de Mayabe nos recibe. Él lo pregunta todo, quiere conocer cada detalle de este lugar y, por supuesto, invita a una cerveza a Pancho, el emblemático burro que saborea esta bebida.

Gerardo Hernández y su familia

El almuerzo. Un almuerzo en familia de la que, como le dije en mis cartas, me sentí parte. Allí esa piedra preciosa de ojos encantadores, la Gema que nos ha regalado. Al sentirla entre mis brazos sentí que sostenía la materialización de 16 años de lucha; que sostenía, como ella indica levantando su bracito derecho, la victoria.

Llega la noche. Las actividades. Viene la conversación. Me interroga sobre mi trabajo, las clases, los alumnos, la carrera, la universidad, de mi barrio y mi familia.

Ya es medianoche. Es momento de dormir. Les espera un largo viaje al día siguiente. Me obsequia un cuadro con la imagen de los Cinco para mi familia, me abraza y me dice que espera que la haya pasado bien en este día. Y le respondo: ¿cómo no sentirme bien si me han hecho el mejor regalo: un día de la vida de un héroe?     

Acerca de Yasel Toledo Garnache

Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 28 de enero de 2016 en Crónicas, Los Cinco y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Gran privilegio, yo he tenido la misma suerte, en diferente circunstancia, pero real, se cómo se siente, tanta dignidad y entereza delante de una es algo indescriptible!!!!!

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