Amores Salvajes

Granja, caballosLuna Nueva

Los grillos cantaron y los conejos silbaron, en mi granja todo era serenidad, excepto por Menelao, terrible Menelao, que salta los setos que dividen mis tierras de las de Acacio para aparearse con sus yeguas. El viola el terreno, el viola las hembras magnesianas, gloriosas criaturas obsequiadas por los dioses, pero peor de todo, viola el matrimonio. Él dice que no puede resistirse, que el impulso es más fuerte que su amor por mí, y debe obedecer. El problema es, según él, su naturaleza, que es la del centauro. Todo es serenidad, excepto por mis llantos. Oh, pobre Lucrecia, tonta Lucrecia y su marido infiel.

 Luna creciente

Acacio golpeó mi puerta, reclamando por las andanzas de Menelao. Dijo que no podrá vender las yeguas si llevan abominaciones en su vientre. También que rompe los setos, y pisotea sus jardines, pero peor de todo es lo que sus hijas ven cuando Menelao invade. No tuve respuesta. Por suerte después de gritarme él partió. Mi marido se escondía en la habitación, temeroso y avergonzado. Sus disculpas dieron de lleno en mi corazón y apagaron mi furia, le seguía amando. El día siguiente no saltó los setos, por devoción a mí pensé, pero luego me di cuenta que las yeguas vinieron a él.

Luna llena

Horneé un pan con ciruelas y se lo llevé a Acacio en señal de disculpas. Me dijo que no era suficiente por el daño que Menelao le había hecho a su propiedad y a su honor. Se apiadó de mí cuando comenzaron a caer lágrimas. Le dije que ya no sabía qué hacer con él. Me dijo que él tampoco. En ese instante nos reímos y nos abrazamos. Rodeó mi cintura con sus brazos y comenzó a besarme, no me resistí. Mientras yacíamos desnudos creí haber visto una yegua asomada por la ventana. No sabía si las magnesianas tenían el don del habla, pero sospechaba que iría a contarle a Menelao. Acacio dijo que si se enteraba tendría que matarlo.

Luna menguante

Acacio no iba a tolerar más intrusiones del centauro. Pude verlo afilando su espada en la entrada de su casa. Menelao saltó los setos como solía hacer todos los días, y del otro lado lo esperaba el acero de su vecino. Con un movimiento certero lo cortó por la mitad. El hombre cayó separado del caballo, pero ninguno murió. La mitad equina se mantuvo en pie pero la humana se arrastró hacia mí. Suplicó que lo recibiera de vuelta, que ya no saltaría más. Le dije no era ni la mitad del hombre que alguna vez fue, y que ahora quedaba la mitad de ese resto. Me preguntó si podía vivir con la mitad de lo que alguna vez tuve. Le dije que sí. Me preguntó si podía vivir con la mitad de eso. Le dije que sí, sólo que no con la que él pensaba.

 

(Tomado de Literaturbia)

 

 

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 13 de enero de 2015 en Literatura y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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