El profe Eduardo

Por YASEL TOLEDO GARNACHE

El profesor Eduardo Pérez Almarales durante la defensa de su tesis de doctorado.

El profesor Eduardo Pérez Almarales durante la defensa de su tesis de doctorado./Foto de Rafael Martínez

Quienes estudiamos en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) Silberto Álvarez Aroche, después de 1998, lo recordamos sonriente en los pasillos, por un chiste, por aquellos ¡de pie! muy temprano cuando estaba de guardia docente, o como el profe vola’o que preparaba a los concursantes de Matemática en la escuela y en el Centro nacional de entrenamiento, en La Habana, donde se desempeña como coordinador general desde el 2010

Eduardo Miguel Pérez Almarales, participante en cinco olimpiadas mundiales, en siete iberoamericanas y en el Simposio Iberoamericano celebrado este año en Honduras, desde el 10 de diciembre es también el primer Doctor en Ciencias Pedagógicas del IPVCE granmense.

Nos recibió dos días antes en un pequeño local, con la amabilidad de siempre. Confesó sentirse un poco nervioso, “pero ya estoy listo. La tesis consiste en la fundamentación teórica de lo logrado con los alumnos de alto rendimiento, en cuanto a lo individual y grupal.

Su título es Estrategia didáctica para la preparación de concursantes en Matemática de la Educación Preuniversitaria sobre la base de la gestión de conocimientos”.

Los resultados hablaban antes del propio documento científico. En los últimos 15 años, sus alumnos del Centro nacional obtuvieron 14 medallas de oro en Olimpiadas Internacionales, 39 de plata, 37 de bronce y 15 menciones de honor.

Los de Granma obtuvieron, a nivel de país, 25 de oro, 36 de plata, 37 de bronce y 5 menciones honoríficas. Cuentan, además, las únicas dos de la provincia en Olimpiadas Mundiales, dos menciones honoríficas y las tres medallas en eventos centroamericanos. Eduardo contribuyó a que, por primera vez, un estudiante invidente alcanzara el oro en un concurso nacional de esa asignatura e integrara la preselección del equipo Cuba.

“La Matemática me gusta desde niño, aunque prefería jugar pelota. La vida es también cuestión de suerte. Yo trabajaba en Jiguaní, cuando el profesor que entrenaba aquí pasó a la Universidad. Entonces me llamaron, y vine.

“Había trabajado con el ingreso, pero no se parece a esto. Fueron días de mucho esfuerzo, me preparaba hasta la una o las dos de la mañana, buscando ejercicios. Pero los muchachos los hacían de forma rápida, me dejaban casi desarmado. Después, gané en experiencia y materiales bibliográficos. Me ayudó el profesor Raúl Ochoa, de Holguín, quien me facilitó libros e intercambiamos.

“Este es un trabajo de amor, porque sigue en la casa, hasta cuando uno se acuesta piensa en qué interacciones realizar entre los contenidos para que los alumnos los apliquen de manera coherente en la fase competitiva”.

Felicitaciones después de la defensa de tesis.

Felicitaciones después de la defensa de tesis./Foto de Rafael Martínez.

Eduardo recuerda a muchos de sus discípulos. Habla con cariño de ellos y del orgullo de verlos como profesionales. Es vital el carisma, tratarlos como amigos.

“Me relaciono bastante con ellos. A veces, nuestros lazos de afecto se mantienen hasta después que salen. Ahorita, me llegó el mensaje electrónico de uno, sugiriéndome que me portara bien”, dice sonriente.

“Me quieren, a pesar de mi exigencia. Los ayudo en lo académico y para que sean mejores personas.

“Uno percibe cómo crecen aquí y, luego, en las universidades y en centros laborales. Algunos se desempeñan en el polo científico de La Habana, como físicos nucleares, en biotecnología o ingeniería molecular…

“Eso es importante pero, sobre todo, sus valores como seres humanos. Yo trato de que vean la competencia como el resultado del esfuerzo, sin esconder materiales ni conocimientos a sus compañeros. Un premio individual es de todos”.

“Son vitales el interés y hasta la capacidad para controlarse en momentos de tensión. Algunos muy buenos lo hacen mal en exámenes importantes. A uno lo saqué del aula, porque se iba a derretir de tanto que sudaba. Le dije: ‘usted cumplió conmigo, no se preocupe, hizo su mayor esfuerzo y para mi basta’. Les exijo que den el máximo, eso es más importante que el propio resultado”.

Eduardo Pérez Almarales, profesor del IPVCE de Granma

Foto de Rafael Martínez.

Eduardo sonríe. Habla con la sencillez de quien no permite que los premios se le suban a la cabeza, quizá porque ese es el reino de ecuaciones, logaritmos, geometría y humildad. Cuando escucha algunos de sus logros, dice “fue por suerte”, “porque hice lo que debía en el momento adecuado” o “por tenacidad”, como aquella vez que se fue con muletas para la capital.

“En el año 2000, mi equipo terminó en primer lugar a nivel nacional, y me invitaron a los entrenamientos en La Habana.

“Tenía problemas de salud que, aparentemente, no me dejaban ir. En un accidente, se me afectaron los ligamentos de la rodilla, pero no me rendí, y allá tenía la mayor disposición. ¿Hace falta, impartir tal tema? Yo lo hago. ¿Tal repaso? Estoy aquí…, y así avance.

Él recuerda su primera experiencia internacional como ejemplo de obstáculos más allá de la complejidad de ejercicios matemáticos.

“Fue la olimpiada iberoamericana en Venezuela, también en el 2000. Por dificultades económicas, no asistió el equipo completo desde el inicio. Aquel país pagó los pasajes de los otros dos estudiantes y el mío. Pensábamos que ya no iríamos.

Llegamos casi a las nueve de la noche, el mismo día de la competencia. Ellos acabaron la primera prueba durante la madrugada y, apenas ocho horas después, comenzaron la otra. Sin embargo, fueron los de mejores resultados.”

Desde mucho antes del 2014, Eduardo Miguel Pérez Almarales era Doctor: en humildad y conocimientos, en pasión por el magisterio y deseos permanentes de superación. Amante de las bromas y del deporte, en especial del béisbol, prefiere que lo sigan llamando “profe”, así con el cariño y admiración de siempre.

Él camina por los pasillos del IPVCE, como desde hace 16 años. Saluda a casi todos. Se detiene, conversa y continúa, consciente de que “todavía debo perfeccionar mi trabajo para obtener mejores resultados integrales. Tengo 45 años de edad y sigo aprendiendo”.

Quienes lo conocimos hace poco o en etapas anteriores aplaudimos al Doctor en Ciencias Pedagógicas, con traje y corbata, que recibió el voto favorable de los siete integrantes del tribunal pero, sobre todo, al maestro y amigo que no deja de impartir clases a los alumnos del curso regular, que hace chistes en el aula y sigue en su Santa Rita natal.

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Subdirector de la Agencia Cubana de Noticias. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y Mejor Graduado Integral de la Universidad de Holguín (2014). Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine, el arte y el deporte. E-mail:yasegarnache@gmail.com

Publicado el 22 de diciembre de 2014 en Entrevistas y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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