El escritor

Por YASEL TOLEDO GARNACHE

Máquina de escribirEl escritor decía que moriría el día nueve, a las cuatro de la tarde. Había visto una obra de teatro, con el mismo título de su última novela, en la que la actriz, con el mismo nombre que la protagonista del libro, lloraba la muerte de su autor, provocada por la rebelión del resto de los actores, inconformes con sus papeles.

Ellos también se llamaban igual que los personajes de la obra literaria. En el teatro, miró el reloj: 4 p.m. Por alguna extraña razón, el calendario que llevaba en su bolsillo tenía circulada, con tinta roja, una fecha: día 9. Y él no recordaba haberlo hecho. Además, siempre escribía de color azul o negro. Para el escritor, todo estaba claro: el fin había llegado.

Le pidió a su esposa que ese día le hiciera un buen almuerzo y también la mejor merienda y que le diera café a las 3: 45 p.m.

Durante la semana se había despedido de los amigos. Les dijo que moriría el día 9, a las 4 p. m. ¿No será a las 3?, le dijeron los más chistosos. A las 4, respondía con tono solemne.

Releyó su novela una y otra vez. Aquello había sido una muy buena adaptación, con un final monumental, como siempre quiso, inesperado, trágico: Un autor que podía cambiar su propio destino con sólo reescribir la última página, pero no lo hizo, porque la fidelidad a su creación fue más importante que él mismo.

El escritor quiso conocer al director de la obra de teatro, preguntarle cómo se le ocurrieron las variaciones, por qué no le preguntó si estaba de acuerdo, en definitiva cualquier adaptación debía responder al argumento de la novela, pensaba. Pero ya no estaba en la ciudad, tampoco la compañía. Sólo el escenario.

Los demás pobladores no recordaban haber visto aquello de lo que tanto hablaba. Él se encerraba en su cuarto, para escribir lo que tituló “El Fin”. Se trataba de una novela en la que su autor vio la adaptación teatral de una obra suya, con cambios que le gustaron, a pesar de que le auguraban su muerte. El autor escribía casi sin descanso, por temor a que el tiempo no le alcanzara, a que el reloj señalara las 4 p. m. del día 9.

Algunos en el pueblo hablaban de que el escritor comenzaba a volverse loco. Los comentarios aumentaron cuando pidió que le hicieran un féretro especial que él mismo revisó y aprobó el día 8, también escogió cuáles serían las flores de su funeral y la ropa que vestiría. Poco a poco, todos asumieron aquello como un juego y algunos hasta contaban, o mejor, restaban las horas para las 4: 00 p. m. del día señalado. Quienes debían trasladarse hacia otros lugares suspendieron los viajes. Los que estaban afuera llegaban el 9 temprano.

El escritor redactaba las últimas páginas de “El Fin”. Miraba el reloj, y seguía. Pidió que le llevaran el almuerzo al cuarto, porque así perdería menos tiempo. Le recordó lo del café a su esposa. Quería morir con ese sabor, el mismo que lo mantuvo despierto durante tantas madrugadas, para leer o escribir. Viejo, vine a esperar tu muerte, le dijo un amigo sonriente. Me quedan diez minutos, respondió él con el tono solemne de los últimos días, y le recomendó que tomara café en la cocina.

El amigo y la esposa del escritor conversaban entre sonrisas y chistes, parados junto a una vieja meseta. 4:00; 4: 02; 4: 05. Deja, deja, voy yo, indicó él. Mientras caminaba, pensaba en alguna burla para su amigo. Le dijo algo desde la puerta. El escritor no respondió. Lo llamó, lo tocó. Y nada.

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Subdirector editorial de la Agencia Cubana de Noticias. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y Mejor Graduado Integral de la Universidad de Holguín (2014). Periodista, ensayista y narrador. E-mail:yasegarnache@gmail.com

Publicado el 5 de diciembre de 2014 en Vivencias y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Muy buen cuento, Yasel. Lo reblogueo.
    Felicidades

  1. Pingback: El escritor moriría el día nueve a las cuatro de la tarde | Esquina holguinera

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