El viaje al Pico Turquino

Por Jorge Suñol Robles (Especial para Mira Joven)
Camino al Pico Turquino
Antes de engancharme la mochila al hombro y partir hacia la elevación más alta de Cuba todo parece oponerse. Pierdo el carné de identidad, un trabajo final me coincide y mi madre, como siempre tan protectora, me niega la visa. Oye mijo, tú estás muy flaco, no vas a llegar ni a la mitad.

Tengo que hacer magia: adelanto el examen, paso horas interminables en el registro civil y puedo convencer a la “Lourdes” del permiso legal.  
Por fin jueves, la salida. Confieso que la noche anterior duermo muy poco, no solo por la emoción y los preparativos, también por un reportaje que debo escribir para este mismo día y que además es la prueba final de Periodismo Impreso, la asignatura básica de primer año.
Por “plantilla” somos más de 40, pero al final solo vamos 24. Válgame eso, la comida que llevamos no nos alcanza. Imagínense, hay que llevar “municiones” y por eso la FEU coordina  unos panes, salchichas, varias fongas y como tres trozos de jamón. Algo es algo, y allá, es muchísimo.
Primero hacemos escala en Chibirico, un poblado santiaguero que entra en carnavales. La terminal nos recibe con “las puertas cerradas”, no hay certeza de la hora exacta en qué pasará el transporte que nos trasladará hacia el campismo La Mula. Unos dicen a las tres, otros a las cinco, en fin, estamos “botaos”.

Aparece un camión. El chofer nos ve caras de desesperados y se toma la atribución de duplicarnos el pasaje. Estos son holguineros, 10 pesos por la cabeza. En ese momento no nos importa, la cuestión es llegar, y llegamos.
Son alrededor de las 6 de la tarde. ¡Por fin, La Mula! Alguien de allí nos cuenta los detalles del lugar y hasta nos hace una sugerencia: Visiten la poza que está cerca.

Le hacemos caso. Es viernes. Caminamos tres kilómetros para llegar, es como una previa para la caminata que haremos el próximo día.
Jóvenes en Santiago de CubaCruzamos seis veces el mismo río. Alguna que otra parada para la foto. Un caballo se encarga de cargarnos la comida del día, y a su montura se le suma el peso de jinetes que se cambian por turnos. Llegamos a la poza. El agua es una de las más transparentes que he visto en mi vida, y no se equivocó aquella muchacha, estaba “superrica”.
Sábado. La escala. El “loco” del grupo, que ya es un experimentado en el asunto, nos sugiere ir bastante ligeros. Lo mío es solo agua y azúcar, por si me da un “patatum”. El guía nos explica el trayecto. Fíjense en los cartelitos y los kilómetros, te dan aliento.
Once  kilómetros de caminata. Creo, aquel que hizo la medición no sabía nada de Matemáticas, aquello parecen como 20. El tramo del kilómetro 6 al 9 es un engaño y a “la cara”.

Se nos olvida lo del supuesto error de cálculo. La belleza natural, el verde, la humedad, las piedras, el canto de los pájaros, se adueña de nosotros.

Me voy  delante, para no perder mi ritmo, si me quedo, quizá no llegue. Llegan momentos de desespero, de impotencia, de soledad, de interrogantes, de dudas, de no puedo más.

Rápido vienen otros de compañías desconocidas, de aliento, de vamos que yo puedo, de “discoteca” en mis oídos para levantarme el ánimo.

José Martí en el Pico Turquino, escultura de Gilma Madera

José Martí en el Pico Turquino, escultura de Gilma Madera.

Por fin, el busto de Martí, como en señal de victoria. No lo puedo creer. A pesar de mi delgadez y de mi “metabolismo inadaptado” soy  uno de los primeros en llegar, incluso “echo” una siestecita. Aquí arriba, hace un clima inconstante. Nos “atraviesa” por un instante una nube, y luego vienen fuertes rayos de sol.

Los otros muchachos van llegando poco a poco. Después de un largo rato de descanso, muchos fingen una entrada triunfal. Corren, como héroes. No falta la foto del grupo.
La bajada, aunque no lo crean, la siento más agotadora.  Lo importante es la aventura, esa mágica sensación de estar a más de mil metros sobre el nivel del mar, a pesar de los obstáculos del camino.
Unos no llegan, pero no importa, igual disfrutan de esa naturaleza, única e incomparable.

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 3 de noviembre de 2014 en Crónicas y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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