Mestizaje: Mi debilidad por las mulatas

Mujer mulataSalía de la oficina cuando tropecé con ella. Una mulata,  con un cuerpo escultural, ¡qué digo yo escultural, divino!, senos pequeños y sólidos, una mulata maciza y con hermosos ojos pardos, bueno, una MULATA: el consabido piropo, la reacción coqueta de ella, una invitación a merendar en la cafetería de enfrente; ACEPTADA, ¡QUÉ BÁRBARO!, nos sentamos, pedimos y nos sirven y viene la conversación entre bocado y bocado.

-Cuando saques ese cuerpo a la calle – le digo – tienes que pedir permiso a la policía porque puedes provocar un accidente – ella sonríe -, te he visto varias veces pero jamás habíamos coincidido en un receso. Hoy es mi día de suerte –me penetra con la mirada, como buscando segundas y hasta terceras intenciones, incrédula.

– ¿De veras? – dispara -, ¿por qué te fijas en mí?, un tipo blanco, de ojos verdes invitando a una negrita como yo, ¿no te parece extraño?- me lo dice con aire de autodiscriminación. “Negrita”, qué tontería, si es una hembra de 120 quilates… ¿no se habrá mirado al espejo? Es increíble que en Cuba aun subsistan prejuicios como ese.

-Mi amor, estamos en Cuba, aquí nadie es blanco, negro o chino, ¿de dónde sacas esos prejuicios?- trato de calmarla, me gusta “un paquete”, “me gusta con rabia”, “tiene unos muslos que me idiotizan”, pienso -, te cuento una historia, ¿la quieres oír?

-Si – coloca graciosamente la cara entre sus lindas manos y me mira a los ojos,  se me acalambran las rodillas, “esta buena de verdad”, trato de inventar algo mientras me quedo encantado mirando aquel ejemplar de hembra -, a ver ¿cuál es el cuento?

-Bien, – y comienzo con lo primero que se me ocurre -, “imagina que retrocedemos dos o tres siglos en el tiempo, estamos en Oriente, en los cafetales del sur de Guantánamo y Santiago de Cuba, en una  de las haciendas cafetaleras de entonces. Imagina la casa de vivienda de los dueños de todas aquellas tierras, un hacendado; casa de dos pisos, con amplios portales y techo de tejas francesas, en medio de las montañas, con una plaza en el frente y más allá, los barracones de esclavos.

Anochece y llega el dueño de todo aquello montado en su caballo. Imagínatelo blanco y con los ojos verdes. Viene cansado de recorrer los cafetales porque ‘el ojo del amo engorda al caballo’. Se desmonta y sube las escaleras que lo llevan al dormitorio en la segunda planta.

Allí, acostada y dormida (o al menos así parece) está su esposa, vestida con una amplia bata de dormir muy blanca. Es una mujer alta, rubia, elegante, pálida, monocromática, insulsa, aburrida, con mucha educación y dinero pero carente de sensualidad.

Culta pero torpe en la cama. Él la mira detenidamente, el espectáculo es tedioso… Se quita la camisa y con el torso desnudo se asoma al pequeño balcón, suspira. Allá abajo, en los barracones, los negros y mulatos esclavos bailan al compás de los tambores. Es increíble como tienen energías para bailar después de catorce horas de agotador trabajo en las lomas llenas de café y hormigas.

Proceden de la lejana África donde los cazaron como animales y los trajeron a América para venderlos y explotarlos. Pero trajeron con ellos sus cantos, su religión, sus bailes, su cultura. Son fieles a sus creencias, a sus orishas. En el centro de aquella ‘fiesta’ bailan varias mulatas.

Una de ellas, que se parece a ti, tiene rota la indumentaria que lleva como vestido dejando ver a intervalos y según el ritmo de aquella música de tambores batá, parte de sus muslos consistentes, gruesos, sólidos, que brillan con el sudor y el reflejo de la luz de las antorchas y los faroles, no viste de amarillo pero es la viva imagen de Ochún.

El hombre vuelve los ojos a la lujosa cama donde duerme, ¿duerme?, su pálida e insustancial esposa, blanca como la leche. Mira de nuevo a la mulata que se mueve cadenciosamente, sensual, provocativa y que lo mira mientras baila, desde su barracón, como invitándolo. El hombre blanco deja caer al suelo la camisa que aun llevaba en la mano izquierda y sale del cuarto.

La esposa abre los ojos y se queda quieta en la cama, no protesta, sabe que esa batalla está perdida. El baja las escaleras de mármol y sale al portal. Se detiene un momento, reflexiona, pero la reflexión solo dura unos segundos, con esa mulata no hay voluntad que valga.

Baja los escalones de cemento oscuro que lo separan de la plaza de tierra rojiza y la recorre a pasos largos. Los negros no dejan de tocar, sonríen con disimulo, se miran con picardía, la mulata lo mira retadora mientras baila. Entra el patrón en el ruedo entre los negros, la toma por la muñeca y casi la arrastra hacia el interior del barracón.

La lleva al fondo donde hay un camastro con bastidor de saco. Allí, al compás de los tambores, en medio del terrible calor de una noche oriental, encharcados en sudor, saliva y otras secreciones obvias, con movimientos violentos, casi convulsivos, nos formamos muchos cubanos. Con esa fuerza, con esa locura, con esa pasión, con toda la sensualidad del mundo, y como fruto de ese mestizaje.

Esa es nuestra historia, princesa, por eso te digo que en Cuba hay una sola raza: la cubana. Todos somos mulatos en mayor o menor medida. Lo llevamos por dentro, en la sangre, en los genes, en el alma. Ni yo soy blanco ni tú eres negra, somos mestizos, somos cubanos. Solo somos un hombre y una hembra, y basta. Ahí está nuestro sincretismo cultural y racial.

-¿Eres poeta?-me dice como encantada con la historia.

-No, pero si quieres hasta te invento una poesía. O la copio de algún libro. O te escribo “La Divina Comedia”, lo que quieras…

-¿Tienes más historias como esa?

-Las que te antojes, siempre que salgas conmigo esta noche – ella sonríe a medias y me mira fijamente a los ojos. Es preciosa y me pone “a millón”.

-¿A qué hora?- “¡ESSOO!”, pienso mientras bendigo la hora en que se me ocurrió inventar esa historia. Han pasado varios siglos pero seguimos siendo los mismos…, sincréticos, mestizos…, cubanos.

 

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 9 de julio de 2014 en Vivencias y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 11 comentarios.

  1. jajaja genial, volao. Si hasta yo dije ESO… cuando dijo ¿a qué hora? jajaja

  2. Gracias, hermano. Me alegra que sigas visitando MiraJoven. Un abrazo grande para ti

  3. me encantó el trabjo, genial, gracias por regalarnos esas historias tan cubanas, tan nuestras, un saludo desde matanzas

    • Hola Yanara, gracias por lo que dices. Creo que es la primera vez que comentas en este blog. Ojalá lo sigas haciendo. Tengo muy buenos amigos en Matanzas, sobre todo en la Universidad. Me encanta aquella ciudad. Un abrazo para ti

  4. luego me contarás quién es la mulata, ten una buena disculpa

  5. Quizá deberías preguntarme también cuál es la oficina, desde cuándo soy profesor… y así todo lo demás. Un beso, mulata.

  6. Yasel, yo soy mulata, cómo nos podemos ver Jajaja

  7. Yasel me encantó, tú sabes que conmigo no hay racismo que pueda jajja, de los negros me gusta hasta la música, ese hip hop de los norteamericanos con esos mulatos bailando, como dice Estelvina: Me encanta! Jajaja

  8. Jaja, muy bueno, como siempre, no pierdas ese ritmo, supongo que mientras hablabas del “dueño” pensabas en ti mismo, bueno de cualquier manera, vale, una manera auténtica de demostrar que conoces muy bien la historia de Cuba……..

  9. Esta buenisimo pero que lastima yo no soy mulata ,que aprobechen las q lo son jaja ,mis saludos .

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