Eduardo Heras León: “Somos una generación frustrada”

Por YASEL TOLEDO GARNACHE

Eduardo Heras 1Eduardo Heras León fue una de las víctimas del Quinquenio Gris –para algunos negro y más de un quinquenio-. La crítica Otra mención a Los pasos, de Roberto Díaz en el Caimán Barbudo, desató tempestades en contra del joven intelectual, que había obtenido el Premio David, por La guerra tuvo seis nombres,  y Mención en el Casa de las Américas.

Algunos hicieron cuestionamientos ideológicos, bastante ridículos. Heras fue expulsado del Consejo de Redacción del referido medio y de la escuela de Periodismo, donde cursaba el cuarto año. Pocos se mantuvieron a su lado, entre ellos Silvio Rodríguez y Senel Paz. La mayoría pareció temerle a posibles represalias.

Según él, la Universidad se convirtió en un infierno. El presidente de la FEU y, a la vez, Primer Secretario de la UJC, lo expulsó de la organización juvenil, aunque ni había leído el libro “maldito”.

El “contrarrevolucionario” fue enviado a la fábrica Vanguardia Socialista, para que trabajara directamente en el taller, fundición y forja de acero. Fue apartado de espacios intelectuales. Dudó hasta de mantenerse con vida.

Eduardo Heras León todavía está en Cuba. Es director del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y uno de los intelectuales más comprometidos con el país. Aquí comparto parte de un intercambio, durante un reciente encuentro en La Habana.

 

Pocos hubiesen resistido tanto. Muchos de tu generación se marcharon. ¿Por qué te quedaste?

Por el apego a mis principios y a Cuba, porque soy revolucionario.

 

¿Qué pasó con Roberto Díaz?

Después ocupó otros cargos de dirección, pero terminó como plomero en Cuba. Al final, se fue para Chile.

Una vez en el Palacio de las Convenciones me felicitó. Le pregunté por qué, y me dijo que porque yo estaba arriba. “Sí, la vida es una rueda”, le respondí. Y se atrevió a proponerme que comenzáramos de nuevo. Le contesté que él y yo nunca tuvimos una relación, que nunca fuimos amigos y que yo no veía por qué eso debía cambiar.

A Vicente Feliú en una gira por Chile se le acercaron unos jóvenes para pedirle una colaboración, una presentación artística. Él les preguntó que cómo obtuvieron sus datos. Y le dijeron que el amigo suyo, Roberto Díaz, se los facilitó. Vicente les dijo que ese hombre nunca fue su amigo, sino un hijo de puta, un perseguidor de intelectuales en Cuba. Y les pidió que no dejaran de decírselo.

Después, Díaz le envío una carta en la que aseguraba que él no fue un perseguidor, que sólo había tenido un pequeño problema conmigo, con Heras León, quien supuestamente lo había perdonado desde hacía bastante tiempo. Vicente me trajo esa carta.

 

¿La influencia de Luis Pavón fue tan grande como para hablar de El Pavonato?

Él fue uno de los censores con más fuerza. Recuerdo cuando era director de la revista Verde Olivo. Yo tenía una sección fija de ajedrez, que había sido interés de El Che. Una vez saludé a Pavón en la oficina y me preguntó si había leído un libro que sacó de una gaveta. Era Tres Tristes Tigres, de Guillermo Cabrera Infante, quien era considerado casi un demonio por algunos. Le dije que no, no lo había leído. “Pues es un vacilón”, me dijo. O sea, no era un hombre tan cerrado. Luego, cuando escaló a mayores esferas, cambió mucho. Y tenía el poder para tomar decisiones muy fuertes.

En el Centro Nacional de Formación Literaria.

En el Centro Nacional de Formación Literaria.

¿Cómo influye todo aquello en su literatura, hasta hoy?

Imagínate, yo había escrito dos libros y los dos fueron premiados. Escribía en cualquier lugar, a cualquier hora. Escribí Los pasos en la hierba en la Redacción del periódico. No me importaba el ruido de la gente, ni de los linotipos. Tenía una capacidad extraordinaria para concentrarme, un entusiasmo, tantos sueños.

Aquella situación, el castigo, fue como un tajazo que me frenó. Imagínate que durante algún tiempo, ni siquiera leí, no sentía deseos, motivación, menos para escribir. Después de esos años, encontré dos cuentos que ni recordaba. Los arreglé y los incluí en un libro que ganó el Premio Uneac. Los diálogos eran sin acotaciones. Eso había sido una experimentación, nadie lo había hecho antes, o al menos nadie había publicado algo con esas características. Después lo hizo Manuel Puig. Claro, cuando publiqué esos cuentos, la obra de Puig ya se conocía. Por eso, en definitiva, él fue el primero.

Imagínate, años en una fábrica trabajando con el metal. Me sentía marginado, apartado. Nadie me explicaba nada, no dejaban que yo defendiera mis criterios. Sólo los amigos verdaderos se mantuvieron a mi lado y también sufrieron.

Después de todo aquello, varias personas me pidieron disculpas. Alguien que trabajó con Roberto Díaz hasta me cayó atrás llorando, para decirme que yo debía saber que ella no era una hija de puta. Me confesó que ese señor había dicho que yo me estaba convirtiendo en un fenómeno, por obtener esos dos premios seguidos (Premio David y Mención en el Casa de las Américas). Y después empezó todo.

Algunos aseguran que mis dos primeros libros están al nivel de los primeros de Vargas Llosa y García Márquez, pero todo aquello acabó conmigo y con otros escritores de la época. Reconozco que nunca fui el mismo. Somos una generación frustrada.

 

 

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Subdirector editorial de la Agencia Cubana de Noticias. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y Mejor Graduado Integral de la Universidad de Holguín (2014). Periodista, ensayista y narrador. E-mail:yasegarnache@gmail.com

Publicado el 2 de julio de 2014 en Entrevistas, Literatura, Personalidades y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

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