Instrucciones para observar un Matisse…

Por Erian Peña, colega de la Universidad

Henri Matisse - La ratlla verda.

Henri Matisse – La ratlla verda.

Pensé que mi relación con Andrea, además de sexual, sería de inicio algo traumática. Como muchas de mis otras relaciones, que bien se hubiesen podido salvar con tiempo y tolerancia. Pero no dispongo comúnmente de mucho tiempo, o bien no quiero disponer, y mucho menos soy tolerante en estos casos.

Pero Andrea llegó a mí una tarde de abril (recuerdo bien el mes de abril, mucho más que otros meses) de la mano de un amigo Músico, director de una orquesta de low-rock-blues que se empeñaba en mezclar versiones de Nina Simone y Louis Armstrong, con poemas dadaístas de Paul Éluard, que traducía primero del francés y luego llevaba al inglés, como aquel original Les malheurs des immortels, que casi nadie entendía.

Cuando mi amigo El Músico la llevó a casa, lo primero que me sorprendió fue esa suerte de belleza extraña y desenfadada que poseía, poco usual para vivir en un país del trópico. Su rostro y su cabello rubio y rizo me recordaba un clima mucho más gélido que el de abril. Más terriblemente femenina que todo el calendario tropical.

Es la nueva vocalista de la banda. Sabe inglés y francés, y para colmo nació en Novosibirsk, justo en la Siberia…, me dijo mi amigo El Músico.

Cuando acabó la frase, ya me discutía entre los malditos referentes que comúnmente me atacan. Miraba a Andrea y recordaba a la Sabina de La insoportable levedad del ser, la novela filosófica del checo Milan Kundera. Pero no como la podía imaginar después de leer el libro, más bien parecida a la actriz que la encarna en la versión de 1988 de Philip Kaufman. Sabina era la eterna amante de Tomás, el protagonista de la historia, y la hippie pintora (o pintora hippie, no sé por cuál de las dos ella dejaba escapar las formas de su ser y me atrapaba a mí) de mis sueños, con una excepción: mi hippie preferida siempre ha sido Janis Joplin. Bueno, si es que sueño algo, si es que recuerdo luego algo de lo que sueño. Más bien me gustaba su relación informal con los hombres. La búsqueda del espíritu libre al que se aferraba Sabina. La soportable levedad de su ser. Su cabello seguramente húmedo y perfumado de óleos y pinturas.

El color blanco de su piel. La indocilidad de su boca. Desde entonces buscaba una Sabina para mí, como quien busca una tabla a que aferrarse en alta mar, luego de uno o varios naufragios. Pero sin desesperarme, sin alterar las viejas costumbres de lobo estepario.

Miraba otra vez a Andrea y ahora me recordaba a María Schneider en El último tango en París, el clásico filme que en 1972 filmara Bernardo Bertolucci. Una Jeanne de apenas veinte años y una larga cabellera rizada. Una larga cabellera rizada, apenas veinte años y los deseos de ser actriz y dejarse llevar por mis instintos salvajes y masoquistas, en un piso alquilado de un París cualquiera. Una larga y alborotada cabellera rizada que iría destejiendo poco a poco sobre mi pecho, apenas veinte inocentes años que podría desvestir a mis ganas en un escenario hecho para ti, vestido como Marlon Brando, pero sin mantequilla Jeanne, esta vez será sin la barra de mantequilla… O si prefieres podemos repetir la escena las veces que quieras. Como desees. Esta vez prometo que no será tan traumático como la anterior.

Dejé mis elucubraciones, sumergido entre dos mujeres fatales y totalmente distintas, y a las que amaba con la pasión de un incomprendido enfermo por el celuloide, cuando Andrea se paró del asiento y se quedó mirando una reproducción que colgaba en la sala. Era Luxe, Calme e Volupté, de Matisse.

Me gusta el cuadro. Un Matisse, no. Me dijo y caí profundo en el asombro; yo que acostumbraba a subestimar la inteligencia de las mujeres en cuestiones de artes plásticas, veía al cuadro despedazarse delante de mis ojos. Excepto por Frida Kahlo y Artemisia Gentileschi (con las disculpas de algunas pintoras y escultoras nacionales que tenían una obra reconocida) ellas no me habían demostrado lo contrario. Hasta disputaba con una amiga la ilógica idea de que solo cierta parte femenina de Da Vinci y Michelangelo le había permitido crear sus maravillas obras renacentistas. Luego supe y comprobé que Andrea (como la Maga de Rayuela) era un mundo aparte, un mundo todo, una Isla dentro de otras muchas Islas que se contraen y luego expanden, y para colmo indefinida y completa en sí misma, sí John Donne; y que con ella siempre estaría jugando al borde del asombro y la sorpresa. Al borde del absurdo más original de todos: el de, a mi pesar, vivir queriéndola.

Como vez, trato de vivir lo suficientemente europeo como para no asfixiarme entre tanto canibalismo cultural, bromeé echando una mirada al resto de la sala y tratando de justificar la copia del Matisse y otros cuadros. El hecho de aferrarme todavía a ese tipo de pintura, al arte europeo en sus días de gloria, cuando todos cuelgan en sus paredes paisajes más modernos.

Supe además esa tarde que nos unían otras cosas. La comida italiana. La música. El puro jazz norteamericano. Algunos amigos. El miedo a la soledad. Buenos Aires. Madrid. New York. La poesía francesa y norteamericana. Cierta apatía hacia Rusia, aunque ambos nos imaginábamos algún día por las calles llenas de nieve de Moscú. Seguramente la verdadera nieve del mundo. La única nieve realmente nieve. Los únicos copos realmente copos. El teatro. El cine europeo. La cerveza. Una hoja de trébol dentro de un libro. La continuidad de los parques. La noche. Cierto sentido existencialista en la existencia. El sexo. Nosotros. Una flor artesanal. Algún barco de papel de periódico. Los caracoles. El mar. Un billete de viaje, de vuelta a este país.

También supe esa tarde que nos desunía otras tantas cosas.

Sin embargo me arriesgué, y esa noche Andrea durmió en mi casa. Esa noche Andrea durmió en mi cama y conmigo.

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 18 de junio de 2014 en Cuentos y etiquetado en , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. man a esas mujeres son a las que te aferras con uñas y dientes…

  2. adrian, hay cosas que valen la pena hacer por una mujer , como aferrarse a ellas con uñas y dientes, como me dices. Gracias por comentar y leer este ejercicio narrativo, saludos.

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