Parangón de enamorado

Por Reynaldo Aguilera, colega de la Universidad

El olvido también es una forma de venganza.

J. L. Borges

 

La seducción de una mujerSus enormes ojos negros se inflaban cuando la divisaba ante el umbral de la clase: fea, casi calva. Él con excelsa cabellera y labios prominentes. Sin embargo, la beatitud de uno y la fealdad de otra no impidieron que ambos precisaran acercamientos.

Si quería enamorarla “tenía que ser como ella”, se dijo. Invadir sus espacios y conquistar a sus amigos. Se desterró de la discoteca e irrumpió en las galerías de arte. Cortó su copiosa cabellera y veneró a la vieja poeta, quien una vez le recomendó grabara un tatuaje, pequeño, sobre sus pies que rezara: “Ama todo lo verdadero”.

“Lo terrible de ansiarla tanto es que cuanto más jalo más se aleja”, despotricó otra vez mientras examinábamos Historia. Le dije, en murmullo, que cuando dos fuerzas en igual dirección pero en sentido contrario tiran con la misma intensidad no hay movimiento, perduran constantes.  –No comprendo por qué retoza conmigo —siguió sin darse por enterado—. Me extrañará, aunque invente elaborados argumentos para evadir la situación. “¿No es cierto?”, prosiguió atribulado.

Muchos fuimos los que dudamos de su buen tino: ¿acaso alguien que no entendiera por qué la emoción debía supeditarse a la razón, era normal? Comportarse según la ocasión, le aconsejó la joven adiestrada. Mirar con otros ojos, sugerimos entonces sus flamantes amigos. Pero él, tozudamente, continuó asechándole.

Holguín no es una ciudad para amar, le advertí antes de ultimar el examen. Por sus calles deambulan narradores y cronistas en busca del bebedizo, pero tentados por Eros, los mejores, terminan suicidándose o imbuidos en la locura. Y para prolongar el fatídico halo le expliqué que, “el amor no existía, que era una invención de un italiano llamado Petrarca y de los trovadores provenzales. Que eso que las gentes creían un cristalino manar de la emoción, una pura efusión del sentimiento era el deseo instintivo de los gatos en celo disimulado detrás de palabras bellas y los mitos de la literatura”.

No creía en nada de eso, pero como Vargas Llosa, quería hacerme el interesante.

Le exhorté entonces que la asesinara, rebanara sus muslos y alimentara los perros hambrientos de la Ciudad, que contara su historia para cuando poseída se desplazara por la avenida todos presumieran su dolor. Y si esto no fuera suficiente, antes de marcharse esparciera espinas sobre su techo para que un día cualquiera cuando quisiera volar nuevamente sus alas no se encaminasen al Sol.

Eso sí, no ignorara que la pasión es como una contienda, cuando la tensión madura no se puede prolongar, porque las hormonas como las masas se enfrían, se adaptan.

Por tanto, si la amaba como no creía, convenía arrastrarla hasta el fondo del túnel y sin proferir palabra alguna olvidara golondrinas y palomas, trasmutase en animal y fuese él quien tajara su carne, se nutriera lánguidamente y de paso, tomara el cuchillo de aquélla en sus manos y la guiara para que secamente lo traspasara también.

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 16 de junio de 2014 en Vivencias y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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