Cabeza de elefante

ancianoPor Erian Peña, colega de la Universidad
Observé al anciano sentado a mi lado. Rozaba los ochenta años, aunque quizá tuviera menos. La calvicie (en contraste con una amplia barba, que entre blanco y amarillo cobrizo cubría casi todo su rostro) y la faz gorda y enferma que exaltaba los pómulos, podían atribuirle más edad. Tampoco me importaba conocer los años del primer viejo que se siente a mi lado en un ómnibus urbano, pero apostaría que se acercaba a los ochenta. O estaba realmente demacrado, que era, por su aspecto mendigo y harapiento, lo más probable en este caso.

Recordé entonces que a veces, cuando iba en las mañanas con Ricardo a tomar café en un lugar de mala muerte, que en cambio tenía reputación de sitio agradable y acogedor, lo veíamos con todos sus ripios y bolsos adormitar sobre la mesa; o engullir un pan, devorándolo casi completo. Ricardo lo había bautizado como Papá Hemingway, a mí, en cambio, me recordaba a un gordo Santa Claus navideño. Pero este no tenía renos ni trineo, mucho menos regalos navideños. Mi contacto con el anciano solo había sido visual (o imaginativo), hasta ese momento.

Con un poco de elegancia podía semejar uno de los monjes mendicantes, que en la Edad Media recorrían descalzos Europa, viviendo de sobras y fe como Dios manda. Porque hasta para ser mendigo hay que tener cierta elegancia, pensé recordando a un amigo diseñador que se había empecinado, años atrás, en hacer caminar por pasarelas, como viejas edulcoradas en formol, a media tribu urbana de mendigos, sin ningún resultado más que acabar dos veces en la estación de policía.

El anciano traía, además de un bastón de madera, varios bolsos raídos de nylon y saco, que apretaba en una de sus manos y llevaba con fuerza al cuerpo. Le colgaba al cuello un cordón con una cabeza de elefante plástica. Gris o azul. Dicen que es propio de un augur, y es también símbolo de buena suerte. Eso me comentó un escritor activistamente gay, al que entrevisté hace unos años debido a su relación con otro narrador, también gay y que se había suicidado tiempo atrás en el exilio, siendo ahora un mito de la literatura de la diáspora y de la Isla. Este escritor, el día de la entrevista, también traía uno en su cuello: contra la mala suerte y los espíritus diabólicos, me dijo.

No sé si el anciano del ómnibus conocía de las propiedades míticas de su elefante plástico. Quizá sencillamente lo encontró en la calle, como los bolsos de saco, como lo que traía dentro de los bolsos, como todo lo que llevaba encima; y yo rompiéndome la cabeza con aquel colgante paquidérmico, que terminaría seguramente en algún cementerio de elefantes.
Me llamó la atención que el anciano, poco después de subir al ómnibus, sacó de uno de los bolsos de nylon, un pedazo de papel y un fragmento de lápiz. Noté que el papel había sido rasgado de la página cultural de algún periódico. Comenzó entonces a escribir números y palabras sin orden. A veces anotaba solo el número, otras le ponía al lado la palabra que parecía corresponderle. En cada parada, y según las personas que subían o bajaban, el anciano dejaba en el papel de periódico su caligrafía áspera y redonda. Una escritura de números y palabras, parte de cábalas subterráneas, lo suficientemente nacional como para borrar en el anciano el complejo del miedo que caracteriza la insularidad. Así continuó garabateando ideas. 25. 68. Mujer mala. 41. Niño. Sombrero. 37. Ladrón…

El anciano se bajó dos paradas antes que yo. Fue guardando todo en el bolso, observé también que llevaba varios pedazos de pan, fragmentos de tela negra y una muñeca plástica y rubia. Rubia como casi todas las muñecas. Plástica como casi todas las rubias no naturales, pensé.
Antes de bajarse, el anciano me observó por primera vez en todo el viaje. Expectante e ingenuo le sonreí una mueca amistosa e indiferente. Entonces sacó otra vez del bolso el papel de periódico y el pedazo de lápiz. Me miró con el rabillo del ojo izquierdo y escribió algo rápido. Fugazmente alcancé a leerlo. Decía comemierda.

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 9 de junio de 2014 en Cuentos y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. ggg buena esa…

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