El camino viejo (II y final)

Por ROLO
Hombre, libertadSeptiembre se nos venía encima. Casi empezábamos el semestre en el colegio cuando acordamos que la mejor forma de reciprocar tanto esfuerzo de una manera desinteresada era hacerlo a través de una entrega simbólica. Faltaba poco para la peregrinación a El Cobre por el día de la Virgen María y mi amigo, tipo inteligente pero siempre dispuesto al proselitismo, me arrastró a la marcha.

Fue una noche, más bien una madrugada diferente. Salimos a pie desde su casa, donde había pernoctado para garantizar desandar juntos todo el camino. A pesar de la hora se notaba cierta agitación en el ambiente. Demasiadas personas, muchas más de las que hubiese imaginado, salían de su casa y enrumbaban en silencio por un camino cierto que intuían, siguiendo a los otros que se le habían adelantado.

Nunca observé tantas personas de madrugada, juntas, reunidas con un mismo objetivo: celebrar, no el típico primero de mayo ni la bacanal de los carnavales. Esta celebración era de otro tipo. Celebraban, pero lo hacían en silencio, de una manera más cerebral y pasional, si cabe y vale la contradicción.

Sólo los más jóvenes lucían alborozados, como de costumbre. Caminaban en grandes grupos que cuando enrumbamos el camino viejo hacia El Cobre, y empezamos a ascender las colinas que rodeaban la ciudad como una muralla sinuosa, comenzaron a dispersarse, a caminar en silencio jubilosos, aunque agotados y expuestos al sereno brutal de la madrugada, que enfría los ánimos y el cuerpo, a pesar del esfuerzo. Aún así no fue una marcha penosa. Mi amigo y yo, a diferencia de otros muchos, apenas llevábamos una ascética botella de agua, que después de varias horas de intensa caminata ya estaba agotada.
Llegamos al entronque de noche, aunque las primeras luces del día comenzaban a disipar las tinieblas, incluida la mía. Cada uno de nosotros llevaba un girasol en la mano que alguien anónimo nos había entregado en la oscuridad.

— Forma parte del ritual, me adoctrina mi amigo, que a pesar de la noche cerrada parece un pez en su elemento y saluda a mucha gente conocida, como si fuera un profeta desterrado de su tierra que regresa tras una larga ausencia.
— Son los jóvenes de mi parroquia. –me explica en unas pocas palabras.

A lo largo del camino, casi llegando al poblado, nos esperaban los mercaderes del templo, como los llamó mi amigo, un seminarista arrepentido pero fervoroso al cual le ardía la sangre y le agradaba la idea justiciera de emprenderlas a pedradas contra los simoníacos, pero algo lo contuvo, su sentido común, supongo.

Los usureros insistían en vendernos un ramo de flores, una estatuilla de madera innoble, una piedra del camino, una estampa milagrosa y plasticada, un relicario, el santo grial, una esperanza. Lo que fuera. Simplemente seguimos adelante.
Los feligreses, una multitud enardecida, se arremolinaban alrededor del Santuario, esperando la misa, la primera de ellas, que comenzaría poco antes del amanecer. No tengo que mentir. Era tal el cansancio, el efecto somnífero de las alabanzas y cánticos, que caí rendido, pero fue el sueño más raro de mi vida.

Me encontraba en un lugar que intuía especial. Una paz celeste me embargaba; casi eufórico me instigaba a sonreír de una manera que me pareció estúpida en ese momento, por completo irrefrenable, como si estuviera poseído en el sentido divino de la expresión. En mis sueños aparecía una mujer hermosa, cuyo rostro se transfiguraba por momentos, dejando ver la fisonomía filosa de la enfermera febril que cuidó de mí en el hospital y que ahora se me entregaba desnuda, ofuscado como estaba por razones oscuras y trepidantes que desconocía entonces.

En realidad no estaba en cueros, sino desvestida para la ocasión. El pelo negro le caía sobre los hombros, empinando sus senos ante cualquier mirada indiscreta. No caminaba; apenas se desplazaba por el aire, como si levitara empujada por alguna fuerza oculta que la envolvía del todo. Si al principio me pareció que estaba como Dios la trajo al mundo, luego corregí mi notable error de apreciación.

Su cuerpo estaba cubierto de flores amarillas, que al adherirse a su carne trémula remedaban un velo invisible y ajustado, hecho a la medida, que caía en pliegues hasta más allá de sus pies descalzos, que apenas rozaban el suelo.

Un escorzo violento me hizo confundirla con la Santa Teresa del éxtasis sexual. En determinado momento se acercó a mí. Creí reconocer en ella a una persona especial que nunca había visto, instintivamente familiar, accesible, cercana, irreal, como si con ella viviendo a mi lado siempre hubiese ignorado su belleza latente, casi animal, dulcemente seductora, mística.
Desperté cuando acabó la misa y mi amigo me arrastró del brazo para decir que debíamos regresar antes que los camiones de pasajeros se coparan de fieles, un regreso que adivinaba multitudinario, ruidoso, turbulento, nada respetuoso, a pesar de los boletos recibidos. Le seguí los pasos, arrastrado por la inercia y el agotamiento. En medio de la multitud efervescente descubrí un rostro conocido.

Hice un esfuerzo para pronunciar su nombre pero las palabras no salían de mi boca, tapiada por un muro de estupor y silencio. Era la enfermera de mis sueños, que se alejaba con cada paso, vestida de rosas ambarinas, destilando armonía, belleza, complacencia a cada movimiento de sus caderas escurridizas.

La reconocí cuando nadie más parecía verla en medio de la turba, que ignoraba su presencia y tropezaban con ella aún cuando no la atropellasen, porque los esquivaba con la gracia de una gacela salvaje. Era mi chica blanca y material, la novia que nunca tuve ni tendré, pensé mientras la observé remontar el vuelo, como una nube, con los pies ligeros, aferrada al pescante de una moto.

Quise resistir la tentación de seguir sus huellas pero no pude. Se esfumó ante mis ojos como un ángel caído. Después de montar a mi amigo en lo primero que se detuvo delante de ambos, anunciando el regreso a la ciudad, decidí separarnos. Hice el trayecto de vuelta a pie. Algo había cambiado en mí. Me sentía diferente, acompañado y tierno, un hombre nuevo, iluminado, con muchas fuerzas y buenas nuevas para seguir adelante mirando de frente al futuro cercano, como si con ella un trago de agua bendita se me hubiese ido por el camino viejo, esa ruta incierta que ya había desandado al llegar hasta allí como un peregrino audaz y casual que no necesita más que seguir adelante para encontrar su pasado y su verdad.

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 22 de abril de 2014 en Cuentos y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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