El camino viejo (I)

Por ROLO
Hombre y religión, iglesiaSupongo para mi desgracia que nunca fui ni seré lo que se dice precisamente un hombre religioso. A partir de mi escasa experiencia personal la iglesia no es más que un edificio grande pero oscuro, con un aroma peculiar y asfixiante que hace intolerable mi estancia dentro del mismo. Eso lo aprendí mucho tiempo atrás.

Tenía unos pocos años, cinco o siete, en realidad no creo que pueda recordarlo, cuando una señora mayor muy agradable y persuasiva pero algo desquiciada, prácticamente nos arrastró desde el parque frente a la iglesia donde jugábamos a policías y ladrones para ver una vieja película en el video de la sacristía del templo sobre la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Fue una experiencia inolvidable y terrible como un dolor de muelas, lo admito bajo juramento.

Eran como las cuatro de la tarde cuando entramos y había caído la noche cuando el filme acabó y pudimos escapar de allí. Ese fue mi primer contacto con la iglesia, que me costó una soberana paliza y todo un mes de vacaciones castigado en mi casa por desaparecer sin decir dónde estaba o había ido sin permiso.

Desde aquel primer encuentro todo fue muy confuso para mí, que a mi tierna edad no encontré explicación lógica en que sustentar una fe que implica entregar el cuerpo y la mente al escarnio y el martirio público, para ganar la salvación de los otros, que ignoran que existo o me desprecian por cualquier motivo. Así lo percibí entonces, de un modo que catalogaría de algo ingenuo, por supuesto.

La verdad es que nunca tuve vocación de mártir ni de santo. Aunque siempre fui una oveja descarriada, como todo el mundo, nunca sentí la necesidad de regresar al cubil protector del rebaño cuando el pastor tocaba la flauta y azuzaba los perros. Tenía un problema con la autoridad materna y paterna que luego se haría crónico e irreversible hasta la irreverencia y contra ello no había nada que hacer. Además nunca me pareció romántica ni satisfactoria la idea de buscar y hallar consuelo hablando con la pared, mirando al cielo, bajando la cabeza ante la majestuosidad mortuoria de la imaginería carcomida, que me parecían marionetas hoscas en desuso, colgadas al descuido, sustentadas casi en el aire por unos hilos en forma de ataduras que se me antojaban invisibles, como todo lo esencial, que nunca es evidente ante los ojos, dicen por ahí.

Tampoco se avenía con mi estilo de vida pendenciero el hecho de postrarme y pedir perdón por mis pecados, que siempre sería más fácil y económico que pedir permiso para meter la pata hasta la garganta. Por alguna razón que también desconozco, me parecía un tanto hipócrita hacer, deshacer y luego arrepentirme, requerir el perdón de un ser autocrático y divino, omnipresente y todopoderoso, que se me antojaba mucho más lejano, menos temible y terrible que mi madre, que me zurraba a la rusa, siguiendo el método soviético de aleccionar al niño sin contemplaciones, de un modo expedito cuando no hacía lo que en opinión de sus padres era lo correcto. Al más puro estilo de las Macarenas, como llamaban a las primeras maestras primarias graduadas en Minas del Frío.

En tal caso el sentido humano de la justicia era mucho más poderoso y profiláctico que la noción de un castigo eterno que se postergaba para cuando las ofensas y pecados hubiesen sido olvidados o expiados por otras vías menos redentoras, más profanas. La vida de un modo inexorable nos cobraría la cuenta en algún momento para el cual casi nunca estamos preparados, y eso, aunque no lo crean, me reconfortaba a tiempo completo. Así me sentía, no hay porque negarlo si es la verdad. Con el paso del tiempo descubrí que resultaba mejor admitir la verdad que tratar de enmascararla tras mil artilugios endebles. Pero las personas cambian, aun en contra de su voluntad. Eso me ocurrió precisamente a mí.

Sin buscar ni merecerla recibí una segunda oportunidad providencial, provisoria. Sobrevivir la dura experiencia de enfrentarme a la muerte me hizo comprender el sentido de la realidad de una existencia que escapa a la aprehensión dialéctica materia lista de la misma, para promulgar una sensación de abandono que nunca halló respuesta en el apoyo emocional de nadie: amigos, enemigos ni invitados.

Mientras permanecía postrado en cama, deseando la muerte después de tantos pinchazos inútiles horadando la piel de mis brazos y piernas, en un intento más por salvar mi vida de una muerte implosiva que corroía mi cuerpo hasta hacerme sangrar por cada orificio natural, descubrí que Dios, para muchos, no es sólo amor, sino sobre todo, esperanza, bien fundada y arraigada dentro del pecho, cuando no hay nada más que ganar o perder que la vida misma que se escapa.

No morir y ver morir a otros con la tranquilidad de los convencidos y los dóciles, me dijo que tantas miradas implorantes no podían estar del todo equivocadas. No me convertí al cristianismo, lo admito. No puedo levantar falso testimonio, afirmar hipócrita que tuve una epifanía y observé la aparición de la virgen para descender de los cielos, salvando mi alma impía, cuando más creí testimoniar su transfiguración milagrosa en una joven e inexperta enfermera que durante una semana me cargó sobre sus hombros, instigándome a seguir adelante con la fuerza feroz que transmite el convencimiento en una vida mejor aquí en la tierra.

Providencialmente se llamaba María y de su pecho erecto colgaba una medalla, minúscula y dorada, con la efigie de la Virgen. Ella no sabía que hacer en medio de la angustia y la desesperación de tanto moribundo que para sosegar el dolor de mi cuerpo, cuando al fin sané del todo de un modo inverosímil, milagroso, contra todo pronóstico reservado, le pregunté como podía pagar tanta devoción por un desconocido. Me hizo comprender y prometer que no le debía nada a ella, sino a la Virgen, intermediaria ante Dios de mis súplicas y las suyas, de no morir y sobrevivir un día o muchos más para hacer y ser mejor o peor, pero seguir siendo, al menos de un modo circunstancial.

Salí del hospital con la decisión consciente y constante de mantener mi promesa, construida a cualquier costo sobre la base de mi gratitud a esa mujer joven y bella, que maravillosa y maternal, me asistió como lo hubiese hecho por cualquier otro. Ella misma insistió en la inutilidad de mantener el contacto personal. Me conminó a no volver a vernos jamás, como una forma de obligarme a pagar mi promesa a través del calvario de traicionar mis convicciones ateas y mi cinismo, me dijo.

Lo primero que hice fue visitar a un amigo, que igual de afortunado que yo y aún convaleciente, había logrado sobrevivir la pandemia. Más allá de nuestros debates y diferencias ideológicas irreconciliables: él, católico de casta, más bien de raza, convencido, apostólico y romano, sanguíneo; y yo, comunista, ateo, materialista, divertido y algo diabético, nos parecíamos mucho en otros aspectos, sobre todo por la escualidez de una anatomía al borde de un ataque de nervios y el desmayo, y y una irrefrenable vocación humanista que nos hacía estudiar la carrera más metafísica y romántica posible en el siglo de la incredulidad: filosofía marxista.

La caminata hasta su casa, distantes varios kilómetros de la mía, justo en el camino viejo del Castillo del Morro, me dio tiempo a pensar en muchas cosas, sobre todo en como retribuir tanta dedicación y esfuerzo, que todo quedara en el plano justo. Mi amigo aclaró las dudas al respecto después de contarle la historia:

— Debes pagar la promesa que hiciste, no puedes arrepentirte ahora, que estás listo para reconocer lo evidente, que todos, tú y yo incluidos, tenemos la razón, lo que miramos desde un punto de vista diferente. Dios está en todas partes, incluso en ti. – No era necesario que hubiese dicho aquello para convencerme.

Septiembre se nos venía encima. Casi empezábamos el semestre en el colegio cuando acordamos que la mejor forma de reciprocar tanto esfuerzo de una manera desinteresada era hacerlo a través de una entrega simbólica. Faltaba poco para la peregrinación a El Cobre por el día de la Virgen María y mi amigo, tipo inteligente pero siempre dispuesto al proselitismo, me arrastró a la marcha.

Fue una noche, más bien una madrugada diferente. Salimos a pie desde su casa, donde había pernoctado para garantizar desandar juntos todo el camino. A pesar de la hora se notaba cierta agitación en el ambiente. Demasiadas personas, muchas más de las que hubiese imaginado, salían de su casa y enrumbaban en silencio por un camino cierto que intuían, siguiendo a los otros que se le habían adelantado.

Nunca observé tantas personas de madrugada, juntas, reunidas con un mismo objetivo: celebrar, no el típico primero de mayo ni la bacanal de los carnavales. Esta celebración era de otro tipo. Celebraban, pero lo hacían en silencio, de una manera más cerebral y pasional, si cabe y vale la contradicción.

Sólo los más jóvenes lucían alborozados, como de costumbre. Caminaban en grandes grupos que cuando enrumbamos el camino viejo hacia El Cobre, y empezamos a ascender las colinas que rodeaban la ciudad como una muralla sinuosa, comenzaron a dispersarse, a caminar en silencio jubilosos, aunque agotados y expuestos al sereno brutal de la madrugada, que enfría los ánimos y el cuerpo, a pesar del esfuerzo. Aún así no fue una marcha penosa. Mi amigo y yo, a diferencia de otros muchos, apenas llevábamos una ascética botella de agua, que después de varias horas de intensa caminata ya estaba agotada.

Llegamos al entronque de noche, aunque las primeras luces del día comenzaban a disipar las tinieblas, incluida la mía. Cada uno de nosotros llevaba un girasol en la mano que alguien anónimo nos había entregado en la oscuridad.

— Forma parte del ritual, me adoctrina mi amigo, que a pesar de la noche cerrada parece un pez en su elemento y saluda a mucha gente conocida, como si fuera un profeta desterrado de su tierra que regresa tras una larga ausencia.

— Son los jóvenes de mi parroquia. –me explica en unas pocas palabras.

A lo largo del camino, casi llegando al poblado, nos esperaban los mercaderes del templo, como los llamó mi amigo, un seminarista arrepentido pero fervoroso al cual le ardía la sangre y le agradaba la idea justiciera de emprenderlas a pedradas contra los simoníacos, pero algo lo contuvo, su sentido común, supongo.

Los usureros insistían en vendernos un ramo de flores, una estatuilla de madera innoble, una piedra del camino, una estampa milagrosa y plasticada, un relicario, el santo grial, una esperanza. Lo que fuera. Simplemente seguimos adelante.
Los feligreses, una multitud enardecida, se arremolinaban alrededor del Santuario, esperando la misa, la primera de ellas, que comenzaría poco antes del amanecer. No tengo que mentir. Era tal el cansancio, el efecto somnífero de las alabanzas y cánticos, que caí rendido, pero fue el sueño más raro de mi vida.

Me encontraba en un lugar que intuía especial. Una paz celeste me embargaba; casi eufórico me instigaba a sonreír de una manera que me pareció estúpida en ese momento, por completo irrefrenable, como si estuviera poseído en el sentido divino de la expresión. En mis sueños aparecía una mujer hermosa, cuyo rostro se transfiguraba por momentos, dejando ver la fisonomía filosa de la enfermera febril que cuidó de mí en el hospital y que ahora se me entregaba desnuda, ofuscado como estaba por razones oscuras y trepidantes que desconocía entonces.

En realidad no estaba en cueros, sino desvestida para la ocasión. El pelo negro le caía sobre los hombros, empinando sus senos ante cualquier mirada indiscreta. No caminaba; apenas se desplazaba por el aire, como si levitara empujada por alguna fuerza oculta que la envolvía del todo. Si al principio me pareció que estaba como Dios la trajo al mundo, luego corregí mi notable error de apreciación.

Su cuerpo estaba cubierto de flores amarillas, que al adherirse a su carne trémula remedaban un velo invisible y ajustado, hecho a la medida, que caía en pliegues hasta más allá de sus pies descalzos, que apenas rozaban el suelo.
Un escorzo violento me hizo confundirla con la Santa Teresa del éxtasis sexual. En determinado momento se acercó a mí. Creí reconocer en ella a una persona especial que nunca había visto, instintivamente familiar, accesible, cercana, irreal, como si con ella viviendo a mi lado siempre hubiese ignorado su belleza latente, casi animal, dulcemente seductora, mística.

Desperté cuando acabó la misa y mi amigo me arrastró del brazo para decir que debíamos regresar antes que los camiones de pasajeros se coparan de fieles, un regreso que adivinaba multitudinario, ruidoso, turbulento, nada respetuoso, a pesar de los boletos recibidos. Le seguí los pasos, arrastrado por la inercia y el agotamiento. En medio de la multitud efervescente descubrí un rostro conocido.

Hice un esfuerzo para pronunciar su nombre pero las palabras no salían de mi boca, tapiada por un muro de estupor y silencio. Era la enfermera de mis sueños, que se alejaba con cada paso, vestida de rosas ambarinas, destilando armonía, belleza, complacencia a cada movimiento de sus caderas escurridizas.

La reconocí cuando nadie más parecía verla en medio de la turba, que ignoraba su presencia y tropezaban con ella aún cuando no la atropellasen, porque los esquivaba con la gracia de una gacela salvaje. Era mi chica blanca y material, la novia que nunca tuve ni tendré, pensé mientras la observé remontar el vuelo, como una nube, con los pies ligeros, aferrada al pescante de una moto.

Quise resistir la tentación de seguir sus huellas pero no pude. Se esfumó ante mis ojos como un ángel caído. Después de montar a mi amigo en lo primero que se detuvo delante de ambos, anunciando el regreso a la ciudad, decidí separarnos. Hice el trayecto de vuelta a pie. Algo había cambiado en mí. Me sentía diferente, acompañado y tierno, un hombre nuevo, iluminado, con muchas fuerzas y buenas nuevas para seguir adelante mirando de frente al futuro cercano, como si con ella un trago de agua bendita se me hubiese ido por el camino viejo, esa ruta incierta que ya había desandado al llegar hasta allí como un peregrino audaz y casual que no necesita más que seguir adelante para encontrar su pasado y su verdad.

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 21 de abril de 2014 en Cuentos y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

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