Nostalgias del viejo marino

Por NOEL
viejo y marLa terraza es su lugar preferido en la casa. Cada tarde se sienta en un balancín o sobre las maderas húmedas y con suaves gestos acaricia el tablado. Sus manos tratan de descubrir qué secretos guarda el salitre entre las venas secas de las tablas. Las horas se le escapan allí, sobre esos metros cuadrados de árboles insepultos, arrastrados hasta la playa por los ecos de tormentas pasadas.

Para el viejo cada tablón es una historia, un barco, un océano. Disfruta imaginar leyendas de corsarios y piratas, tesoros escondidos, de tormentas terribles y arrecifes y naufragios. En esos instantes parece un niño; los ojos le brillan bajo el ocaso, pero en la piel curtida de su torso desnudo, en las grietas de su rostro encanecido, se adivinan sus propias aventuras de ultramar. Los callos de sus manos todavía acarician las sogas, enlazando nudos en el espacio vacío de la tarde.
Construyó esa terraza en un solo día, cuando supo que no volvería a navegar. Quizás por eso la alzó sobre unos pilotes, a unos pocos metros sobre la playa. Hasta allí se desliza cada noche la marea alta, dejando al retirarse esos queridos regalos de caracoles, estrellas, erizos y algún que otro alegre sargazo.

Hay un momento del día en el que todo el conjunto, terraza y hombre, parecen flotar sobre el océano. Entonces el viejo, asiendo el timón imaginario de un bergantín, dirige su nostalgia hacia el horizonte, la mirada puesta en la estrella polar. El viento azota su rostro, y ríe, con la vieja pipa de marfil volviéndose humo entre los labios. El mar salpica contra su proa mientras y las gaviotas despiden al navío con su danza alegre alrededor del mástil. Sobre la rugosa superficie de la cubierta, el marino se vuelve uno con el mar; las olas lo cubren con su manto y lo regresan sudoroso y sonriente.

Al fin llega a su destino, agotado y feliz, de cara a los últimos rayos del poniente, arrellanado en su abismo de maderas marinas, con los pies rozando las aguas de la playa.

Muchos aseguran que está loco, que habla consigo mismo; pero él sigue en sus confidencias con el mar. Escribe mensajes que alimentan las barrigas vacías de las botellas de ron, antes de lanzarlas al mar en una breve parábola. Hay quien dice que la soledad le hace escribir mensajes de auxilio a una familia abandonada en puertos exóticos; otros aseguran que expía culpas secretas, de quién sabe qué crímenes en ultramar. En cambio, hay quien afirma haber rescatado de una botella, la más conmovedora carta de amor que hombre alguno haya escrito, y son versos que hablan de fidelidad, de vida compartida, de noches bajo las estrellas, de mar.

Un día despertó sobre el tablado y no encontró caracoles, ni estrellas, ni erizos, mucho menos sargazos. Entonces comprendió que era el día de su muerte. Lentamente, como aprehendiendo cada uno de sus últimos actos, escribió un mensaje, lo colocó en su botella y lo lanzó al mar. Durante un siglo lo siguió con la vista, hasta que se tornó un punto lejano o una sombra más entre las intermitencias del océano.

Luego bajó hasta la playa, despojándose en el camino de los lastres y anclas de su vida en tierra firme. Se adentró en el agua. En sus labios se insinuaba una sonrisa.

Cuentan que ese día, la playa amaneció cubierta de espuma y los pescadores sólo pudieron capturar en sus redes, una vieja pipa de marfil.

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Subdirector editorial de la Agencia Cubana de Noticias. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y Mejor Graduado Integral de la Universidad de Holguín (2014). Periodista, ensayista y narrador. E-mail:yasegarnache@gmail.com

Publicado el 14 de abril de 2014 en Cuentos y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. oe el escrito está genial pero esa terraza en la playa me dió tremenda envia ggg saludos…

  2. Hermano, a mí también me dio envidia, al menos tú desandas una ciudad de mar, Cienfuegos. Saludos

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