El Frío

Por A.R LÓPEZ

flor de inviernoRecuerdo que aquella vez, cuando me detuve a arreglar los pliegues de mi falda, casi mini según algunos estándares, el detalle de la flor me pareció interesante. Otros usaban carteles, una virgen fervorosa o los pies llagados como símbolo de su pobreza extrema, pero este mendigo sólo necesitaba un tiesto agrietado. Era cierto que también tenía el jarro de hojalata y el perro, pero ambos se volvían irrelevantes si se los comparaba con la flor, y en cierto modo, le daban ese toque de elegancia que tanta falta le hacía a los otros.

Detrás de aquel hombre alguien había levantado una pared, y esta pared pertenecía a una tienda con vitrales y caobas. Lo que vendía aquella tienda jamás le importó a nadie, y mucho me temo que por eso desapareció, pero si la gente se fijaba en ella era precisamente gracias al mendigo. Si figura tenía algo de antiguo, de atemporal, y aunque no llegaré al extremo de decir que era un patriarca, al menos conseguía inspirar un gran respeto. Los ojos entrecerrados y la barba encanecida no hacían sino acentuar esta impresión, que no variaba ni siquiera con el clima, y de veras que podía verse algo de cada estación reflejado en sus harapos.

Me gustaba sobre todo durante el invierno. Dudo mucho que él pudiera sentirse bien, y les aseguro que yo tampoco, porque la mayor parte de las veces me moría de hambre y no encontraba trabajo, pero en esas ocasiones su barba también era nieve, la escarcha cubría casi por entero la esterilla donde se tendía, y hasta el jarro brillaba, bañado en un rubor helado…
Una mesa al fondo del café, y una taza humeante en la mano, eran todo lo que yo necesitaba para hacer más llevadero mi capricho. El panel de vidrio que daba al exterior me daba una vista perfecta, y las letras invertidas que se esparcían por la superficie pulida se mezclaban con una hilera de carámbanos de hielo, de manera que el efecto a contraluz impedía que pudieran verme desde fuera. La propietaria del local, una antigua colega de mis años de juventud, de alguna forma había sido cómplice de todos mis abortos y desilusiones amorosas; me cobraba el adictivo brebaje a mitad de precio y yo era tan descarada como para aprovecharme. No obstante, mi amiga no se molestaba en ocultar su desagrado por “aquel indigente” que reclamaba tanto de mi atención, y tan poco de la suya. Es posible que albergara el temor de que hubiera una recaída por mi parte, una incursión involuntaria hacia el corazón de un hombre mucho menos recomendable que los otros, a pesar de la similitud de nuestras existencias. Quizá movida por este afán, y siendo así que la estación actual no se prestaba para tales asuntos, me convenció de ayudarla a vender algunas flores. La clientela por entonces era escasa, y el dinero extra una feliz tentativa, pero recuerdo que abandonar el confort vaporoso y caliente del café no me hizo la menor gracia.

El cesto de mimbre al que me aferraba a diario estaba lleno de tulipanes. Los trataban con una solución salina un tanto inusual, un químico que les permitía sobrevivir al frío el tiempo suficiente para morirse en las manos de alguien más. Ella las llamaba sus “flores invernales”, y yo, que deseaba conservar al menos la dignidad de la flor, las obsequiaba con un beso aceitoso que se esparcía blandamente en su envoltorio.

Cada vez que bajaba por mi calle para vender la mercancía, el perrito raquítico del mendigo se ponía a seguirme. Aquella extraña figura enfundada en abrigo de pieles debía de llamar su atención, o quizá fuera mi bamboleo inseguro en la ventisca. De hecho, a veces tenía la impresión de que el animal de aspecto zorruno se divertía a mi costa, como si supiera una verdad que a mí me estaba negada. A lo mejor por eso me contenía siempre que estaba a punto de darle una patada.

En una ocasión, batallando con el suelo resbaladizo, la página de algún periodicucho me azotó en la cara, y al detenerme, supe que a mis espaldas aguardaban los ojos cerrados del mendigo. Me extendía el jarro de hojalata en un gesto que parecía casi un ofrecimiento; a sus pies languidecía una flor diferente. Un retoño de plástico que destacaba insólito en el tiesto fragmentado.

Me invadió una sensación de malestar ante la imagen, de improviso ordinaria. Tengan en cuenta que a mi alrededor, los hombres de humo no paraban de circular. Casi todos tenían más prisa de la que podían mantener. Era un ritmo frenético solamente interrumpido por el destello ocasional de una moneda, el tintineo limpio del metal contra la imitación, y era un ritmo del que resultaba imposible escapar.

“¿Adónde irán?”

– ¿Acaso importa?- me preguntó el mendigo, que hablaba con la voz rasposa del que se pasa la vida rogando-. Ya no tienen rostro. Terminan por perderlo, ¿te das cuenta? Y nosotros perdemos la capacidad de diferenciarlos también.

– Su perro…-le dije- ¡me sigue todo el rato!

– Me imagino que puede hacerlo- repuso él con acritud-. Siempre hace lo que quiere, ese egoísta. No será un buen lazarillo, pero en cualquier caso, apuesto a que ya ha dejado de hacerlo.

El animal yacía sobre un improvisado jergón.

– ¿Tiene nombre?

– Le llamo “Perro”- me confió el sujeto-. Si quieres saber mi opinión, la gente le da demasiada importancia a los nombres. Al final no son más que etiquetas, querida. Disfraces baratos que se ponen y se quitan. Algunos se cuidan mucho de no hacerlo, claro, ya que los consideran un arma, y a veces es la única que tienen.

– En ese caso, su perro debe ser muy…especial.

– En lo absoluto- protestó el mendigo-. Es asquerosamente ordinario. Y sin embargo, es auténtico. Tanto así que se aburre enseguida de las cosas que no lo son. Como tú, por ejemplo, que eres siempre la misma.
Me pareció un comentario muy ofensivo.

– He tenido una vida azarosa- le solté-. Es sólo que últimamente…

– ¿No hay clientela? Será culpa de la estación, pero me atrevo a decir que tu amiguita hace lo posible. Para que las cosas mejoren, quiero decir.

Los copos de nieve se iban acumulando en el delineado de los adoquines, como merengue helado en un pastel de concreto, y las farolas que custodiaban la entrada al café de enfrente lanzaban su luz insistente a todo el que fuera lo bastante idiota para mirarlas.

– ¿Hace cuánto que se prostituye?

Vi llegar la interrogante, aunque lo cierto es que no pude contenerme y le di una bofetada. Entonces abrió los ojos.
– Se trata de una mano experta – me dijo con voz trémula. Un hilillo de sangre le resbalaba por la mandíbula-. El tuyo es un oficio muy frecuente en la ciudad. No eres la primera puta que conozco y tampoco serás la última… Muchas pasan por aquí, pero cuando vuelven no son las mismas.

– Es fácil quebrarse estos días- repuse encogiéndome de hombros- aunque se suele albergar la esperanza de una vida mejor.

– Estuve en el albergue una vez- terció el mendigo-. No hay diferencia alguna con la calle, salvo por la compañía. A casi nadie le gustaba hablar, pero encima de mi cabeza, bajo el entablado del techo, destacaba una viga. Siempre supuse que estaría podrida, aunque todas las noches un viejo gorrión se posaba allí.

– Interesante- le dije, y aferré con fuerza el cesto de mimbre-. ¿Tenía un nido…?

– Es posible- confesó él-. ¿Por qué iba a correr el riesgo si no? Batía las alas incansablemente, y en ocasiones, solo en raras ocasiones, dejaba caer sus excrementos, que eran como esquirlas blancas. Verás…él siempre supo que la viga se iba a caer tarde o temprano, pero eso no le impedía quedarse en el mismo lugar. Fui yo quien se marchó primero, a pesar de las esquirlas y todo.

– “De las esquirlas y todo”- pensé-.

– Hay muchas en la guerra- siguió el hombre- y no están hechas de mierda, precisamente. Aunque por lo general, la única guerra que saben librar las de tu clase es con el propio cuerpo.

Un automóvil reluciente hizo resonar el claxon detrás de mí, el perro ladró en son de burla y yo creí oportuno sobresaltarme, reacción que el mendigo acompañó de una sonrisa. Tenía los dientes amarillos de puro sarro, aunque era una coloración un tanto reconfortante, como de canarios y bananas.

– Tienes lo que llaman un rostro vulgar- me reveló-. No asustas, querida, pero tampoco deslumbras.
– Para dar lo que tengo entre las piernas- dije con dureza- la belleza no es un requisito indispensable.
– Oh, bien que lo sé- susurró el indigente- pero esa verdad no desluce la mentira de tus flores. Dejó escapar un suspiro y añadió: – Un toque de ilusión no hace mal a nadie.

No puedo asegurar que estuviera en desacuerdo con él, pero en cualquier caso, esa fue la última vez que lo vi. A lo mejor decidió cambiarse de tienda, o a lo mejor se volvió tan gris como los demás. Es posible incluso que tratara, por todos los medios, de quebrar la hipocresía que obligaba a todas las sombras de la urbe, a actuar como los caracteres de una novela romántica, a mantener diálogos en crescendo, repletos de cursiladas y florituras, como si él fuese más que un mendigo, y yo algo más que una puta. Me resisto a creer que haya muerto, al margen de la más caprichosa estación. En la pared donde se recostaba, en el mismo punto donde apoyaba la espalda, se estaba abriendo otra grieta, y en la grieta una flor.

Anuncios

Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 7 de abril de 2014 en Cuentos y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: