Andén

Por NOEL
Andén, trenLa blusa se pega a la espalda empapada de sudor. Un escalofrío la estremece; amenaza con derribarla. Su aliento toma cuerpo con cada exhalación y se pierde entre la opacidad y los rumores nocturnos que la rodean. Cruza los brazos sobre el pecho, un gesto que intenta espantar esa frialdad que no sabe de dónde llega. En un ligero vaivén se acerca al borde del muro.

A sus pies se abre un abismo que rompe casi un metro más abajo, en un mar de gravas, un desordenado orden de formas y tamaños, que roba espacio al herbazal y se pierde en la oscuridad, ocultando en el centro de sus entrañas los dos hierros paralelos por sobre los cuales, en cualquier momento, el tren romperá el silencio, cargando en sus añejos vagones un sinnúmero de humanidades para las cuales, la muchacha en el andén, no será más que otra de las tantas sombras que irrumpen por las ventanillas. Pero aún el viento no trae los quejidos del tren, y el andén es un concierto de grillos y cigarras. Y la joven, una sombra de contornos difusos sobre él.

El pelo húmedo se le pega al rostro, por el que dos lagrimones se deslizan, quedamente, desde unos ojos de mirada herida, reflejo de cuanto pasa por su mente. Cada nuevo pensamiento convulsiona sus hombros al compás de un sollozo. Para espantar memorias repasa una y otra vez, segundo a segundo, minuto a minuto si a tanto llegara, los sucesos que habrán de tener lugar. No quiere pensar en el dolor físico, lo espanta de toda opción. Se concentra en la luz que rompe las penumbras, el traqueteo acompasado y ensordecedor del metal contra los rieles, el silbato vaporoso del tren, el momento justo en que salta y choca contra la mole de hierro. El golpe, el rebote y después el silencio, todo el silencio de los que no están, de los que parten dejando todo cuanto los ata a la materialidad del cuerpo.

Desde la distancia, el alarido de la locomotora la rescata de sus pensamientos. Como un resorte, todos sus nervios se tensan en un esfuerzo supremo por mantenerla firme, dispuesta, atenta al momento en que sus propias piernas la impulsen hacia su destino. Con la vista escudriña ese espacio impenetrable desde donde le llegará la muerte, con el haz de su ojo desgarrando la noche, envuelta en vapores premonitorios. Tan solo unos metros la separan de su final; con solo estirar el brazo pudiera rozar la férrea epidermis del monstruo. Salta. Por un segundo se siente suspendida en el espacio. Inconscientemente espera sentir el golpe definitivo. Mas no llega y se siente estúpida adivinando cómo el zarandeo herrumbroso se vuelve una intermitencia de sombras y luces que se reflejan en ella mientras se aleja, en un eco de polvo, hollín y grillos aplastados. Sólo entonces nota la presión en su cintura.

Con gestos desesperados de sus manos, trata de librarse de los brazos que la sostienen y que, de a poco, aflojan su presa. Aún recuperando el resuello, sigue con la vista el recorrido ascendente de esos brazos y descubre un rostro viril, camuflado en una barba hija del descuido. Dos ojos la miran con amabilidad. Casi resbalas, dicen los labios que completan el rostro. Ella lo cree, aunque ambos saben cuánto mienten. Pero no puede evitar mentir, ni apartar sus ojos de los de aquel que rompió sus planes. Por alguna extraña razón siente que pertenece a él, aun cuando sus brazos ya no le ciñen la cintura. Anda, ve, dice él mientras le señala la puerta que los invita a la calle, a la realidad, lejos de estos abismos peligrosos, de trenes hambrientos de sangre. Ven conmigo, dice ella con una mano conminatoria. En un minuto estaré contigo, le replica y con un leve roce la empuja hacia el lugar señalado. Ella asiente y alcanza la calle en breves pasos.

Él se palpa la camisa adherida al cuerpo sudoroso y un leve escalofrío le recorre cada centímetro. La ve alejarse. El frío de la madrugada da cuerpo a su aliento. Lentamente se acerca al borde del andén. Deja los dedos de sus pies al borde del vacío. A lo lejos, un resplandor precede el agudo pitido de una locomotora que se acerca, arropada en sus vapores, desgarrando la calma con sus chirridos. A cada metro se hace más grande, inmensa, nítida, más real. Cruza a toda velocidad frente al andén. Una silueta salta a su encuentro.

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Subdirector editorial de la Agencia Cubana de Noticias. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y Mejor Graduado Integral de la Universidad de Holguín (2014). Periodista, ensayista y narrador. E-mail:yasegarnache@gmail.com

Publicado el 31 de marzo de 2014 en Cuentos y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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