Mi soledad

Por Yasel Toledo Garnache

quijoteCamino sin pensamientos en la mente, voy hacia cualquier dirección, a cualquier esquina, parque, a cualquier rincón de la ciudad. Nada me importa. La tristeza me golpea las entrañas, derrumba monumentos, paradigmas. Quizá deba contarles por qué estoy tan mal, pero no sé si sienta la suficiente confianza. Veremos qué sucede.

Decenas de rostros me pasan por el lado, escucho voces, palabras que no distingo con claridad. Oigo el sonido de carros, el de una moto que me atormenta, me retumba en la cabeza y me molesta más. Ni miro hacia dónde se origina ese maldito ruido. Camino por inercia, mis pies se mueven, y ni sé si eso es lo que quiero. Aquí voy. Maldigo todo: al bullicio, a la gente, a los carros, la moto, la acera, a mí mismo, a todo.

Llego a una cola para comprar pizzas. Pido el último. Algunos llegan y se cuelan. Dos chismosas critican a otra mujer, a una que ni conozco, pero me molesta lo que dicen, esa manía de cuestionar a los demás, de hallar sus defectos me enfurece. Un borracho me brinda un trago. Estoy a punto de romperle la botella, y darle unos empujones, para que aprenda a no brindarle esa basura a cualquiera. Nadie regala refresco, sólo ron.

No lo hago. Seguro que combate sus problemas con el alcohol. La tristeza dibujada en su rostro, golpeado por los años y quizá por el sufrimiento, hacen que me compadezca de él. Con un movimiento de cabeza, le indico que no quiero, que no tomo.

Por fin compro. Sigo sin saber a dónde voy. Cojo un bocado de pizza, pero me sabe a porquería, creo que todo es porquería: la harina, los borrachos, las colas.

Casi sin saberlo, sin proponérmelo, estoy a los pies de la Loma de la Cruz. Subo los escalones con lentitud. Cada paso es un lamento, un manojo de nostalgias, de tristeza. Desde la cima veo las calles rectas de Holguín, su gente no cesa de moverse. Dos lágrimas me corren por las mejillas. Dicen que los hombres no lloran. Eso también es porquería. Seguro que allá, en la ciudad, decenas de personas sienten tanta congoja como yo. Sin embargo, siguen pa` lante.

No puedo ser tan débil. Tal vez, parezca fantasioso, pero pienso en Hemingway y sus años difíciles en París, pienso hasta en el viejo pescador Santiago, quien no se rindió ante el pez gigante, ni ante tiburones, tampoco me puedo rendir. A Hemingway, todo le fue mejor después de París y la llamada “Generación Perdida”, aunque la tristeza y la soledad lo vencieron durante los últimos años de existencia.

Desciendo por los escalones, todavía triste, con la cabeza baja. Sigo hacia cualquier dirección. Más rostros se cruzan en mi camino, hay uno en especial que me llama la atención. Nunca lo había visto. Pero me recuerda a alguien, a alguien que quiero más que a mí mismo, a alguien que mereció siempre todo mi cariño, mi desvelo, mi cuidado, mi consagración a su felicidad. Ya no está. Todo es porquería.

Llego al parque San José, uno de mis lugares preferidos, no tiene la fama del Calixto García, tampoco muchos bancos, pero adoro su tranquilidad, el encanto de su Angelote, las campanadas que, a veces, se escuchan.

Miro a quienes pasan: un vendedor de maní, un tipo con una carpeta bajo el brazo, quizá no es tan diplomático, ni tan jefe, pero esa es la imagen que me transmite, también veo a una barrendera de calles, ¡tremenda casualidad! Es la misma a quien le tiré la foto con la que me evalué en Fotografía durante el primer año de la carrera. Cuando la vi hace casi tres años, percibí una tristeza tremenda en sus ojos, en sus gestos. Parece que ella tampoco se ha rendido, sigue con su trabajo. Es tarde, y en verdad no me explico por qué permanece en la calle, con un pañuelo sobre la cabeza, la escoba y los demás utensilios que utiliza. Ella sabrá. Eso no debiera interesarme.

Sigo mirando a todos. Pasa una mujer con su niña, ambas comen barquillas con helado; algunas personas caminan rápido, otras más lento; una pareja de adolescentes, aparentemente enamorados, se detienen para besarse. Cualquier lugar tiene cierta privacidad colectiva, pensarán ellos. Quizá sea cierto. Quizá no debamos escondernos para expresar lo que sentimos.

Casi anochece. Debo apresurarme para no perder la comida en la Universidad. Llego a la parada de guaguas, frente a la Plaza de la Marqueta. Me subo a una de la ruta dos. Miro por la ventanilla, y descubro tristes encantos en todo. Mañana será otro día. Ojalá que no se parezca a este.

P.E: La congoja de esta crónica es polvo en el camino del olvido.

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 26 de marzo de 2014 en Vivencias y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 6 comentarios.

  1. Los malos momentos, como los buenos, siempre pasan, , ánimo y pa alante

  2. Por suerte, tengo buenos amigos. Lo importante es no rendirse, tomar aire y seguir. Gracias por tu comentario. Ojalá sigas visitando el blog

  3. !Qué historia tan desgarradora! Yo también me he sentido así.

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  2. Pingback: Un día en la Universidad | Bitácoras Cubanas

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