Ulrica, como en Borges

Por ERIAN PEÑA, colega de la Universidad

Mujer en parqueConocí a Ulrica en el cruce de escaleras de un viejo caserón colonial, convertido ahora en biblioteca. Recuerdo que nos miramos fijamente. Al menos yo seguí su cuerpo y sus ojos negros, hasta perderla de vista.

La conocí mucho más, otra vez sobre el mármol. Pero no el mármol blanco con manchas grises de la escalera. Ulrica fue mía una noche de viernes. En el banco de un pequeño parque al costado de la iglesia. Un banco de mármol.

Después del cruce de escaleras no la vi hasta esa noche en el parque. No había pasado nada importante en la semana. Además, mi trabajo de corresponsal prometía bastante tiempo libre y pocas cosas que escribir en aquel pueblito del interior.

Esa noche, cientos de gorriones poblaban los árboles del parque del pueblo, mientras los caminantes huían de la masa gris de plumas y chillidos que revoloteaban sobre sus cabezas.

Así me senté al lado de Ulrica, atraído por la mirada que había logrado divisar desde mi llegada al parque, al verla  en uno de los bancos más alejados de las luces y los gorriones.

-Insoportables las aves, dije al sentarme a su lado.

-Hay cosas más difíciles de soportar, respondió ella provocativa y tajantemente, como si estuviera esperándome desde hace mucho.

-Como tenerte tan cerca, agregué igual de provocativo.

-Como tenerte cerca y quedarme sentada aquí, como si nada pasara, añadió ella.

-Uno no puede contar siempre con la cordura…

Después supe que se llamaba Ulrica y cuidaba estatuas.

-¿Cómo el título de un cuento de Borges?

-Ulrica, como en Borges, respondió.

-Es un nombre extraño, con el misterio delicioso de lo desconocido…

-Es un nombre noruego, como la Ulrica cazadora de almas de Borges, pero yo, a diferencia de ella, cuido estatuas. Estoy destinada a eso.

-¿Cuidar estatuas?

-Los dioses me han encargado custodiar las estatuas del pueblo. Uno nunca sabe lo que ellas piensan. Parecen inmóviles, pero hablan y caminan.  Y si un día quieren partir, y abandonar los parques, digamos a buscar el mar. Y si una estatua va al mar, o después del mar, y no regresa, agregó cerrando el diálogo la madrugada en que Ulrica y yo terminamos en un banco. Terminamos así, sin más, sin deseos de regresar a otro mundo que no fueran nuestros cuerpos sobre el banco de mármol.

Ulrica era humedad. Humedad que se pegaba a mi piel y a los labios. Aguas en todo el cuerpo que bajaba y se mezclaba conmigo.

También su cabello era húmedo, como si acabara de salir del agua; entrelazaba sus manos al mío, dejando mechones chorreantes que demoraban en secarse o, al menos, eso creía, pues no siempre lo que parece ser, es real.

Queda una frialdad similar a un fluir de aguas que baja despacio y cubre el más mínimo lugar. Así cubrió Ulrica mi espacio, toda labios que lo abarcaban todo. Así nos fuimos mezclando.

En la mañana estaba solo en el banco, casi desnudo. Un banco de mármol al lado de una vieja iglesia colonial. Húmedo, chorreante de sudor y agua. Sin Ulrica, que fue rocío, espuma, vapor. Que se fue, dejando una gran mancha mojada, que aun permanece en el banco. O, al menos, me parece verla.

El recuerdo de Ulrica explica mi permanencia en la villa, en el parque,

impidiendo que alguna estatua quiera ir a morir al mar. Pero toda permanencia es un abismo. Y todo abismo es lo más parecido a un desgarramiento, eso también me lo dijo ella antes de perderse. O eso creo recordar.

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 17 de febrero de 2014 en Vivencias y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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