Casualmente de Santiago (II)

Por ERIAN PEÑA, colega de la Universidad de Holguín 

Lo que ves es un cuadro de la desfloración.

                                                                             Reina María Rodríguez

muerteEl muchacho puso, entonces, algo de música, pero todo le recordaba a Elena. Aquella canción le hizo llorar, aunque no entendía la letra en inglés. No supo si era la música de los violines, las guitarras eléctricas o todo el instrumental de la Orquesta Sinfónica de Berlín, lo que le producía una sensación asfixiante. Lloró mucho, o peor, recordó cuando ambos intentaron cantarla y seguir el estribillo, y le dolió más el recuerdo que la música.

Quitó el disco, se secó las lágrimas y esperó un poco más. Elena podría llamarlo, pero hoy tenía menos esperanzas que ayer o un mes atrás. No lo llamaría, no le diría que aquello era mentira, que no habían terminado casi tres meses antes, que él no era un tipo obsesivo y celoso y que era el hombre de su vida y todas esas cosas ridículas y románticas que les gustan a los enamorados cuando pierden la cabeza.

Se fue a la ducha, necesitaba mucha agua. Al llegar a la casa se había lavado varias veces las manos y el rostro para quitarse el tenue olor a sangre que aún lo perseguía. Nada ayuda y relaja más que una buena ducha, que suficiente agua sobre el cuerpo, pensaba. Tomó las pastillas para dormir, pero era de tarde y aun creía que Elena podía llamarlo y decirle que nada de lo que estaba viviendo era cierto, que todo aquello era una pesadilla, de la que despertaría pronto y para siempre.

Se levantó y marcó el número de su único amigo, al que le contaba cualquier cosa. Los otros estaban dispersos, acostumbrándose a climas e idiomas extranjeros, y siendo ahora ciudadanos de Viena, Quito o Copenhague. Pero él podía confiar en Ernesto. Hay momentos en que se necesita, más que nada, un amigo para desahogarse, pensó mientras marcaba los números.

Pero la línea telefónica estaba congestionada y la operadora respondía de manera mecánica y chillona: el número no existe o número equivocado, y le molestaba más aquella voz, que no hablar con la única persona capaz de comprenderlo sin los afeites y disfraces cotidianos.

Quería decirle que no era un asesino, y que ahora mucho menos podría volver con Elena y que faltaba poco para que la policía encontrara el cuerpo y las evidencias que condujeran a mi arresto. Escucharlo decir, con su voz calmada, todo está bien, o ese huevo quiere sal, cuando hablaban de Elena, y él me decía que las lágrimas y la sal, lamentablemente, eran muy parecidas, y en mi caso, me había tocado siempre llorar.

Decirle, sí lo maté. Lo maté porque era de Santiago. No podía pensar que él, o cualquier otro santiaguero la mirara y podría desearla.

Me pareció buen muchacho. Lo conocí en la estación de trenes, compartimos el mismo asiento en el viaje. Creo que estudiaba alguna ingeniería en la Universidad, pero no debió decirme que era de Santiago.

Uno no tiene culpa del lugar donde nace, pero él era de esa ciudad y quizá, al menos una vez, había mirado a Elena, y eso era suficiente. Además, estudiaban en el mismo lugar y podía hasta ser su novio. Por eso lo maté, Ernesto, ¿me comprendes? No podía dejarlo vivo, no después de que me dijera que le gustaban las mujeres jóvenes y rubias, como Elena.

No debí tenerla como siempre metida en la cabeza. Yo andaba con el corazón apretado y melancólico cuando todo ocurrió. Él no debió ser, casualmente, de Santiago.

 

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 11 de febrero de 2014 en Cuentos y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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