Casualmente de Santiago (I)

Por ERIAN PEÑA, colega de la Universidad de Holguín 

Lo que ves es un cuadro de la desfloración.

                                                                             Reina María Rodríguez

 mujer de tangoColgó el teléfono. No tengo valor para llamarla, pensó. Ni quiero tenerla cerca como antes, cuando hablaba con Elena y casi moría de nervios. Debía estar acostumbrado, pero frotaba la tela de la camisa, ensortijaba un mechón de cabello, o no dejaba de mover una pequeña bola de papel entre los dedos, luego de arrancarla de la agenda telefónica ya casi sin hojas.

Elena lo hacía sudar, las palabras se le cortaban y más cuando había personas en la sala. La culpa era de la señal del teléfono, le decía y hablaba de cualquier cosa menos lo que en realidad quería contarle.  

Pero aquella tarde colgó el teléfono y calló. No se acostumbraba a que nunca más ella lo llamaría y él, tampoco debería hacerlo. Por eso no llegó a marcar los dígitos. No fue resignación, sino una culpa que casi lo ahoga.

Se sentó y cambió varias veces el canal de televisión, pasando por un programa de animales africanos, béisbol, un noticiero comentado, unos pésimos dibujos animados y un programa de tangos, que prefirió pasar lo más rápido posible, pues no podía pasarle por la cabeza algo como la noche que me quieras las estrellas celosas nos miraran pasar… No era de noche, y en esos días en que ni siquiera había estrellas no soportaría un tango, ni aunque fuera de Gardel.

Tomó el periódico, lo hojeó parsimoniosamente sin encontrar nada que pudiera hacerle olvidar a Elena. Algún soldado muerto en Afganistán y unas crecidas por lluvias en Centroamérica, como si todos los días no lloviera o explotara un coche bomba en algún lugar del Medio Oriente.

Encendió un cigarro, pero lo apagó rápido contra la pared. Había olvidado que le prometió a Elena dejar de fumar. Ella misma había desaparecido de la sala el cenicero.

Intentó nuevamente marcar el número, llegó a teclear las primeras cifras, pero regresó al asiento. Tomó el periódico y lo devolvió sin siquiera mirarlo.

La casa parecía absurda, a pesar de que había intentado mejorarle el aspecto colgando aquella reproducción de Gitana tropical, que ahora también creía ridícula. En la otra pared, un cuadro con un paisaje medieval japonés y, cerca del teléfono, unas figuritas de biscuit. Siempre quiso romper todas aquellas artesanías baratas compradas en rebajas y colgar una obra expresionista o surrealista; adoraba El grito, de Munch, aunque ahora le parecía a él mismo gritando por Elena.

Apagó el televisor, era ya casi imposible soportar el ciclo que recorren los búfalos salvajes por las praderas semidesiertas de Etiopía, en busca de agua. Nunca soportó esos programas de animales, ni a las personas que pierden su tiempo viéndolos.

 

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 10 de febrero de 2014 en Cuentos y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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