La vida de mis perros (I)

Por WILLIAM PARRAO, amigo de la Universidad

Hombre y perroDe pequeño solo recuerdo mi AMOR por los perros. Amor con mayúsculas que no fue olvidado con el pasar del tiempo. En relación con el resto de mi infancia no recuerdo ni siquiera mis primeros juguetes, a los que tanto tiempo les dedicaba mi madre para su confección. Para jugar no me bastaba con ellos, porque con los básicos, los no básicos y el liberado, no me daba la cuenta. La destrucción de aquellos era cuestión de horas, lo que trajo consigo no pocas palizas por parte de mi padre. Sin dudas menos comprensivo que mami.

Con el tiempo fui dejando los carritos, las espadas, los aviones…y me fui encariñando con animales afectivos que pudieran sobrevivirme. Fueron los perros los seres que más me resistieron. El primero fue Chiripazo. También el primero en exigirme lágrimas, porque con solo tres meses de nacido dejó de caminar cuando le llamaba. No me hacía caso. No jugaba. Sencillamente no comprendía que se estaba muriendo.

Mis padres me regañaron como otras tantas veces. Decían que a los perros no se les lloraba porque no eran personas. Que ingenuos. No sabían que los canes venían al mundo a completar el alma. A llenar el vacío que el odio y el pecado causaban con el paso de los años en los seres. Lloré a escondidas. Fue la primera vez que supe el significado de perder.

Tuve que conformarme desde entonces con Rin Tin Tin, con Lassie, Colmillo blanco…ninguno con la capacidad de alegrarme lo suficiente mientras cumplía mis castigos en casa.

Al tiempo llegó Lala, “Lalita”, como todos le llamaban. Su nombre provenía de Lala Contreras, la hija de aquel hacendado dueño de la finca Tierra Brava. Pero hablaré de Lalita, pues de la novela no recuerdo nada, ni viene al caso.

De raza Pudder, aquella bolita de pelos fue una de las pocas cosas que me dio mi abuela en todos sus años de vida. Fue lo mejor. Al punto que quise clonarla cuando me entere de que a cierta oveja la habían “repetido”. Quería tener a varias. Como si pensara que teniendo muchas me durarían.

Contaba con 9 julios en el almanaque, y a dos años de su muerte, no olvidaba a Chiri. No quería que Lala dejará de hacerme caso como el, de mover la cola cuando le llamaba, de curarme el alma mientras me lamía.

Los años me estiraron, pero Lalita no sobrepasaba la cuarta de estatura. Sus pelos se tornaron grises. Su paso lento. Incluso dejó de aullar mientras comenzaba el noticiero, hecho que la hiciera popular en la cuadra. Contaba su dueño con 19 años cuando una maldita toz emergió de su ladrido. Dejó de subirse a la cama cuando caían los rayos. A sus 10 años, la muerte comenzaba a asomarse en su vida. Otra vez lloré, pero nadie se atrevió a corregirme. 

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 20 de enero de 2014 en Vivencias y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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