Los ojos, sí, los ojos tristes

Por ERIAN PEÑA, colega de la Universidad

foto en la paredEn la foto parecía un hombre triste. Quizá era por la mirada que se perdía y podía llegar a penetrarte. Asfixiaba. Un hombre triste, había repetido muchas veces esa frase mirando la fotografía. Me llegué a cansar de ella. El pie apoyado en la pared. Las manos cruzadas al pecho. El suéter negro. Todo entonces me parecía negro. El cabello crecido y revuelto. Ensortijado. Los ojos, sí, los ojos tristes.

Me lo había repetido varias veces de manera casi obsesiva. Hasta intenté quemar la foto. Pero Susel me dijo, poco antes, que la soledad es un estado del alma, no del cuerpo. Un cuerpo no puede aparentar soledad. Y yo quise creerle. Susel no merecía mi desconfianza.Aquella imagen me molestaba inmensamente. Nos la había hecho llegar tía Norma desde Miami. Me incomodaba su tristeza. Detrás decía: 657 N.W 85    N. Bayshore, Miami, Florida, USA.

Era la letra pequeña, en tinta azul, de la tía Norma. Pero nunca escribí. Sentía cierta repugnancia. Odio tal vez. No importaba si existía o no, si vivía cómodamente como editor de un periódico reaccionario de gran tirada.

No se lo dije a la tía. Ella no tenía culpa. Había mandado unas fotos, incluida aquella, y algunas postales navideñas con la misma dedicatoria: Estamos bien. Feliz Navidad y Año Nuevo. Pero solo eso. No sé, creo que desde entonces me aterran las postales navideñas, las luces y las figuras de los arbolitos de Navidad. Preferí callar a decirle que nunca más me mandará fotos. No las quería. No quería que me recordara quién era mi padre. Que genéticamente podía parecerme a él. Ser también triste. Vestir de negro. Solo insistí en que por mi parte habitara el olvido.

Pero las cartas de la tía Norma continuaron llegando. Despacio como son las cartas. Con otras fotos y la letra pequeña en azul: 657 N.W 85 N. Bayshore, Miami…

Después ella lloró. Creo que también lloré. Mientras me vestía no había logrado comprender lo que pasaba. Fue en verano. Sentí primero una enorme satisfacción que me quitaba un peso de encima. Tenía a mi lado a la muchacha más linda de la escuela. Desnuda. Anoche habíamos aprendido a amarnos en una cabaña cercana al mar. Cuyas ventanas no daban a la costa, pero el rumor del viento llegaba. Y Susel venía a mí como una ola muriendo a las orillas de mi cuerpo. Y la amé como en el poema de Delfín. Todo ocurrió como en el poema. Luego llegó una culpa aun más fuerte. Y ahí creo que lloré. No recuerdo si volví a repetir en mucho tiempo lágrimas.

Sí, no lloré hasta la última vez que vi a mi madre. Fue en una sala de hospital. Tenía el oxigeno puesto. A mí me molestaba bastante el verde de la sala. Quería salir. Los médicos entraban. Hablaban bajo entre ellos. El ingreso debía ser de unos días y llevábamos más de tres semanas.  Mamá había empeorado. Me acarició la cara y los cabellos. Crecidos. Ensortijados. Quiso decirme algo. Habló bajito. Callé. No pude responderle. Salí y lloré sentado en la escalera, recuerdo haber llorado bastante esa noche.

En momentos como esos odié más que nunca la foto. Quise acabar con ella, morderme los labios y sangrar. Sentir la sangre caliente en mi boca. Más ahora que tía Norma escribe y asegura que su hermano viene a Cuba. Regresa por cuestiones de trabajo que no debo preguntar. Quiere conocerme, ser el buen padre, hablar conmigo.

Espera que lo reciba con los brazos abiertos. Pero no olvido la primavera de 1994. La huida. La balsa en alta mar. Nosotros aquí abandonados. La promesa de volver. La llegada a Florida. El silencio.

Quisiera acabar con él. Darle de una vez todos los disgustos que se merece, destruir la maldita foto en su cara, pisarla y quemarla. Para luego llorar. Llorar largo rato. Tengo los ojos llorosos y tristes. Yo quise creerle a Susel. Pero soy un hombre triste con una foto entre las manos. Un hombre vestido de negro que maldice a su padre a la entrada de la Isla.

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 30 de diciembre de 2013 en Cuentos y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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