Novato en La Habana

Por YASEL TOLEDO GARNACHE

EscritorOrlando no sabe qué hacer. Se sienta en un banco. Mira los edificios a su alrededor. Siente el trino de pájaros en los árboles del parque. Escucha la conversación de dos jóvenes sobre las pésimas condiciones del lugar donde viven, y lo caro del alquiler. Sonríe.

El lugar estaba oscuro. Parecía una cueva sin rocas. Sólo había dos sillas, una mesa y cierta cama personal, con un colchón casi inexistente. El polvo dificultaba la respiración. Aquel cuarto parecía un palomar. Estaba en un segundo piso y no había espacio ni para sueños.

Orlando no imaginaba eso. Él venía del campo, con cientos de anhelos. Lo único que le agradaba de la habitación era esa vieja máquina de garabatear. Quería ser escritor.  Dejaba atrás la vida de huertas, ríos, lomas. Su mente era de intelectual.No le importó el polvo, ni siquiera sacudió. Se sentó y comenzó a redactar con la lentitud de quien escribe más rápido de lo que piensa, o de quien no piensa casi nada, o al menos nada coherente. Sus cuentos no hablaban de la vida campesina. Sentía pena. Él estaba en la ciudad y tenía que escribir de aquellos edificios gigantes, calles interminables y mujeres de tacones altos, manos suaves y vestidos elegantes.

No sabía qué poner en la página casi huérfana de historias. No conocía la vida habanera. Había escuchado hablar del malecón, la plaza de la revolución, el morro, Copelia, las noches de fiesta, pero nunca los había visto. Decidió salir a mezclarse con los capitalinos, y a empaparse de aquella ciudad nunca fantasma.

Es la una de la tarde. Siente el calor del sol en la cara, casi no puede ni mantener los ojos abiertos, pero no le importa. Antes trabajaba la tierra, sudaba, tenía las manos callosas y la piel reseca. Esos rayos solares le agradan por primera vez desde que vive aquí.

Tomó cierta guagua: un P algo. Las ventanillas estaban sucias, por todas partes decía amor, Pedro y Rocío, y otras tantas expresiones que supuestamente mostraban la pasión que alguna vez existió y se divisaba indestructibles en mentes de enamorados.

Las luces pálidas atravesaban las avenidas. Las altas construcciones simulaban una capital de gigantes. Orlando se enamoraba de tanta maravilla. Olvidó el tiempo, el regreso y quiso bajarse del ómnibus y caminar. El encanto terminó. Estaba en un lugar tristemente iluminado, sin edificaciones imponentes. El miedo lo dominó. En las bocacalles de la soledad habanera, el temor a desaparecer, a ser irremisiblemente tragado al siguiente movimiento, lo llevó a pensar en cómo, justo a las tres de la mañana, estaba en ese lugar.

Era demasiado tarde y a la misma vez demasiado temprano como para echarse a correr. Sintió la extraña sensación de que si no moría en ese instante, posiblemente no lo haría jamás.

A lo lejos se escuchaba sin nitidez una emisora. Se oía como un largo disparo bajo el agua, con esa rara mezcla de burla y temor que producen las emisoras ya inexistentes, de potentísimas voces, pero de frágiles locutores, y con audiencias que emigraron a sitios de más fácil acceso, de exacta localización, y de menos extorsiones al alma.

Orlando conoció la otra Habana, donde el orine de perros y personas embriaga, donde la noche y la soledad intimidan más de lo común.

Lee un libro. Leer bajo el sol puede ser un acto peligroso –piensa y sonríe. Levanta la cabeza. Mira a las personas pasar, algunas sonríen, otras discuten, van con niños, amigos, padres abuelos. A un lado tiene su último cheque, en el otro una de las cartas enviadas por su madre.

Por suerte, amaneció. No pasó nada. Regresó a su cuartucho y, sin quitarse la suciedad de la calle, se sentó a redactar. Las ideas fluían, cual manantial interminable de historias. Creyó haber escrito una obra magistral. Se lanzó a la búsqueda de editores, concursos con posibilidades de publicación.

Alguien le dijo:

-Muchacho, olvida la literatura. Jamás serás escritor.

Una tía le propuso trabajo como guardia en una empresa local. Lloró como niño desolado. Pero recordó a Hemingway en aquella época gris cuando sus escritos pasaban inadvertidos en París. El ánimo le volvió al cuerpo. No se podía rendir. Jamás volvería a su pueblo como un derrotado.

Sin embargo, sus intentos eran lágrimas en la lluvia del fracaso. Le dijeron incluso que no tenía ni nombre de escritor: Orlando Martínez Rodríguez. Como si el talento dependiera de eso. Ya se había rendido.

Lee la carta de su madre por quinta vez. En algunas partes sonríe, en otras se lleva una de las manos a la cara para secarse las lágrimas. Lanza un suspiro como de nostalgia. Esa paz se interrumpe por el ruido de carros que pitan, personas que vocean. Maldice el bullicio.

Cuando llegó al cuartucho vio a Matilde con lágrimas en los ojos y las páginas viejas de sus primeros cuentos guajiros. Se molestó muchísimo, pues esos párrafos estaban muertos para él.

-Qué haces. ¿Por qué lees eso? !Ponlo donde estaba!

-Me gusta mucho. No sé por qué no sigues escribiendo así. Si esto se publicara, yo lo compraría.

Orlando miró a la tía con cara de asombro.

Piensa en cuánto tiempo hace que no visita a su madre, a los compadres. En cuánto extraña subirse a matas de coco, mango, guayaba. Vuelve a mirar el cheque, la carta.

Ahí cambió su suerte. La vida campesina ocupó el centro de su creación. Transcurridos tres meses, ya tenía su primer libro. Publicaba con frecuencia inusual. Tuvo el gusto de rechazar a cierto editor que no lo ayudó cuando más lo necesitaba, y ahora venía con cientos de propuestas. Recibió premios, invitaciones a conferencias, integró jurados de concursos.

Mira otra vez a los edificios, siente el trino de pájaros. Piensa en el reconocimiento público, los encuentros en salones, las comodidades, las ventajas de relacionarse con otros literatos, editores, de vivir en ese ambiente intelectual. La fama, el dinero, no es suficiente -dice en voz baja. Orlando extraña a los compadres, al arrollo, los guayabales, la vida de antes. Los amigos de La Habana le aconsejan quedarse. Pero él forma parte de las lomas, las leyendas guajiras y los animales silvestres. Ya probó su talento como literato, ya no es el hombre desamparado en aquel cuartucho con polvo. Para escribir sólo hay que tener papel y lápiz –piensa y sonríe.

 

 

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 18 de diciembre de 2013 en Cuentos y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. saludos mambises, muy bueno el post lo disfruté muchísimo.

  2. Hola Cubana mambisa, me alegra que visites este blog. Saludos

  1. Pingback: Cuba contada por los weblogs | Lente de Aumento

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