Los zapatos de Marta

Por YASEL TOLEDO GARNACHE

ZAPATOSEl olor a sexo rebota en las paredes, por eso Rodolfo no puede más. El recuerdo de aquel cuerpo campanario gravita en el ambiente. Allí están la misma cama, las mismas sábanas, el mismo aroma a cuerpos sudorosos que no puede olvidar.

Rodolfo trabajaba como mulo para darle comodidades a su esposa Marta. Llenaba morral tras morral, y los demás cafeteros comentaban que él recogía más granos que todos ellos juntos. Eso sí tenía él, era un animal para el trabajo. Nunca paraba al mediodía para alimentarse. Algunos ya decían que se tomaba su propio sudor y se comía  las hojas más grandes de las plantaciones, jamás el café porque entonces sería menos para recoger.

Sentado sobre un taburete en la sala de su bohío tiene los ojos llorosos. Sólo Osmar, amigo desde la infancia y confidente en momentos difíciles, sabe lo que le pasa.

— ¡Vamos a hablar!  ¡No seas bruto carajo!— ¡No me jodas!

—Ella regresó. Pero sabes que no debes buscarla. El dinero cambia a la gente. ¡Olvídala!

—No puedo, coño. Esa hembra es mi vida

— No seas testarudo. Se tan hombre como dices que eres.

—Pa` ti hablar es fácil, pero sólo has tenido mulas y ovejas. No sabes lo que es una mujer de verdad.

—Eso crees tú, pero lo que yo no soy es llorón.

El olor a sexo sigue rebotando en las paredes de tabla, y sube hasta el techo de guano. Así cualquiera se vuelve loco, cualquiera muere de nostalgia. Allí, en una esquina, está el único calzado de Marta, unas chancletas feas y gastadas. Rodo trataba de darle todas las comodidades, menos tener zapatos, porque entonces saldría demasiado del bohío, y esa guajira tan linda tenía demasiados enamorados por ahí como para darle tanta libertad.

El guajiro encuentra la casa triste sin ella. Mira las sillas, la cama, la cocina, el río cercano y recuerda los momentos de pasión y sexo, la sonrisa y la delicadeza de su piel. Los zapatos de mujer que tiene en una de sus manos lo hace pensar en los pies descalzos de su exesposa, en lo injusto y bruto que fue, en todo lo que hizo para cambiar la historia.

Fue a la tienda más lejana. Sí, a la más distante, porque ahí fue donde pudo encontrar los zapatos que ella merecía, unos Nike. Él nunca había usado algunos similares, pero escuchó que eran cómodos, duraderos. Quería demostrarle a Marta que él ya no la mantendría descalza.

Montó en su caballo e iba de regreso a casa cuando vio a un Peugeot. Entonces murmuró ese sí que es un animal, su dueño debe tener más dinero que todos los cafeteros de Cuba juntos.

La mismísima Marta se bajó de aquel auto, y besó a un tipo gordo, viejo. No parecía la adolescente que se casó con él y andaba con los pies desnudos. Su faldita resultaba casi inexistente, los tacones eran altos. Ella antes no sabía caminar con eso. La cara estaba llena de coloretes. Aquello parecía una pesadilla.

El olor a sexo sigue rebotando. Rodolfo no aguanta más, y en un momento de furia tira los Nikes, y derrumba el bohío. Las tablas parecen llorar al caer. Pero ese maldito olor a sexo sigue, rebota en los árboles, en las piedras, en su cabeza. Por eso Rodolfo no puede más.

 

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Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 27 de noviembre de 2013 en Cuentos y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. man me ha encantado la historia, creo que todos podemos incluso imaginarnos mas de una continuación del final o muchos finales distintos…

  2. Hola mi hermano, me alegra que tus comentarios estén de vuelta aquí. Gracias por todo. Un abrazo

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