Rubén Rodríguez: Vasos comunicantes entre Periodismo y Literatura

Por Rosana Rivero Ricardo, colega de la Universidad de Holguín

Recientemente leí un criterio denigrante a la labor del periodista. La autora afirmaba categórica que el escritor que ejercía el periodismo era como un Pegaso con arado incluido. Algunos apoyan, pero otros refutan este criterio.

Periodismo y Literatura son un par dialéctico. Él y Ella han conformado un acuerdo nupcial con separación de bienes, pues si bien comparten herramientas como técnicas y lenguaje, cada uno tiene objetivos e intereses específicos que han de defender. Como todo buen matrimonio difieren en algunos aspectos. Pero a la larga, siempre sobreviene una ardiente reconciliación que a ambos beneficia.

Sus diferencias no son muchas cosas. Atendiendo a las competencias que un periodista y/o escritor debe poseer distan en cuanto al nivel de realidad que cada uno representa en su obra. Él uno solo puede encargarse de los sucesos acaecidos en el mundo real y reflejarlos con objetividad e inmediatez (hoy en día casi con simultaneidad). La otra puede coquetear con la ficción y moverse a su gusto entre lo fantástico y lo verídico.

Las musas también marcan diferencia. El periodista no puede esperar por ellas. Debe escribir del tema que sea y cuando sea. El escritor puede aguardar a sus hadas de la creación. No obstante, ambos deben ser excelentes observadores para atrapar las esencias de sus historias y personajes.

Existen personas con facultades innatas para la producción escrita, condición indispensable para quienes deseen ejercer el oficio de comunicador o literato. Sin embargo, debido a la cercanía geográfica y temporal que nos une y por un facilismo estudiantil en tiempos de “estrés pre-tesis”, he decidido analizar estilística y formalmente los vasos comunicantes entre el periodismo y la literatura de Rubén Rodríguez.

Y que conste que no es guataquería, babosería o cualquier otro término acuñado por la jerga popular para definir un tipo de comportamiento que no pretendo asumir. El periodista, escritor, editor, crítico de arte, comentarista radial, dramaturgo y además profesor, imparte en sus clases las relaciones que se establecen entre ambos modos de comunicación. Es lógico que aplique en su ejercicio profesional los nexos a los que hace referencia. Asimismo, he leído mucho más de su periodismo -no así de su literatura- en relación con otros autores. De cualquier modo y pensándolo bien, me impuse un enorme reto, pues podrá evaluar en primera persona, objetivamente, sin suposiciones ni falsas interpretaciones, si el análisis de su obra arrojó criterios acertados o no. El periodista cubano Manuel Valdés aún recuerda a Rubén Rodríguez “…como el joven recién graduado que a mediados de 1991 llegó a la redacción de ¡ahora! y pronto se ganó la categoría de discípulo aventajado por su pluma de alto vuelo”. Pero él mismo confiesa que llegó al periódico “con la frente marchita y con la incertidumbre de los sueños inconclusos” y con “el empadronamiento burocrático en la plantilla” sabiéndole a novela kafkiana. No sabía entonces que allí podría retomar su sueño adolescente de ser escritor. Por eso le alegró que no le otorgaran la plaza solicitada en la televisión.

Desde aquella época estaban probadas sus habilidades en el mejor oficio del mundo. Mas hubo que esperar casi una década –empezó a escribir a los 30 años- para disfrutar de sus producciones literarias. Pero, así como el vino gana en calidad cuanto más añeja es su cosecha, su genio artístico se favoreció con este periodo de gestación y maduración.

Este tiempo de mutismo literario nos preparaba para el coro de libros que sobrevendrían y servía al futuro escritor para asimilar técnicas de su oficio y aplicarlas a sus historias, siempre respetando la veracidad y verosimilitud del periodismo.

Hoy, no sorprenden las noticias de sus galardones entre los que se destacan los premios de novela Cirilo Villaverde del 2006, por Gusanos de seda, y de cuentos Celestino 1999, por Flora y el ángel; César Galeano 2005, por El polaco; Hermanos Loynaz 2006, por La madrugada no tiene corazón, y La Edad de Oro 2007, por Peligrosos prados verdes con vaquitas blanquinegras.

En una entrevista concedida a Manuel Valdés aclara: “Para mí periodismo y literatura no están divorciados, por el contrario, pienso que el primero es una especie de género literario. Me ha dado mucho, llegué a la literatura a través de él, después de ocho años de ejercicio en la profesión que me dio armas para enfrentar la literatura, pues no sólo me enseñó gramática, redacción y sintaxis; también me dio vivencias y experiencias que luego pueden dar pie a historias literarias”.

No se puede escindir al periodista del escritor y a la inversa. Escribir resulta para este Hijo de Eleguá oficio e inspiración. “El oficio da armas a la inspiración. Soy periodista, prosista asalariado, con la musa siempre de guardia. La profesión me dio experiencia y humildad. Ahora bien, en la literatura, si no tengo inspiración, si no existe el fermento de una buena historia, esa euforia morbosa que necesito para escribir, no tecleo ni una línea. Sencillamente espero.”

Para hacer literatura hay que tener conocimiento de las técnicas narrativas. Se deben determinar tiempo y espacio de la historia, sistema de personajes con protagonista y antagonista, tipo de narradores… y conjugarlos con una acertada dramaturgia para lograr un buen relato. Dichas técnicas Rubén las tiene incorporadas subconscientemente a su modo de hacer. Las emplea como constante en su oficio para evitar textos fríos y planos. Su dominio sobre estas herramientas le entrega la posibilidad de estilizar su discurso periodístico desde el saber y no desde el empirismo o la copia acrítica.

No se abstrae de emplear frases de la jerga popular como “picúo” o “descuarejingando” en su prosa, cuestión que lo acerca más a su público. Echa mano también al diálogo como recurso para hacer más personales y divertidas las historias que plasma en su columna Detrás de la palabra que un sábado al mes deleita a sus seguidores.

El colchón de lecturas de un escritor incide en su periodismo. A él la literatura y el ambiente intelectual lo acompañaron desde pequeño cuando su padre leía a Jack London, la tía Bella llenaba los crucigramas de Bohemia, la tía Andrea repasa los folletitos de Vida Cristiana y los primeros libros que conseguía, a la par de un rizado de fresa y chocolate los consumía en la cama, “con el ramaje del gran tamarindo del patio asomado a la ventana alta del cuarto”. Este background cultural le permite ejercitar la intertextualidad tanto en su prosa periodística como literaria. Por ejemplo, en un artículo publicado en el semanario ¡ahora!, así describe el contexto histórico en que se desarrolló el Segundo Congreso del Partido: “Ese año (1980) habían muerto los escritores Jean Paul Sartre, Alejo Carpentier, el dramaturgo Henry Miller, el cineasta Alfred Hitchcock y un fanático había baleado a John Lennon. Humberto Eco publicó El nombre de la rosa, Adolfo Pérez Esquivel recibió el Nobel de la Paz y el cubano Arnaldo Tamayo viajó al cosmos”. Su novela Majá no pare caballo también está “preñada” de intertextualidades.

Nos tiene acostumbrados a presentar en sus columnas cuentos cortos, excelentes textos que se debaten entre el ejercicio de la opinión y la narración. Casi siempre en el primer párrafo nos presenta personaje, ambiente y un conflicto que nos deja “engancha´os” con la lectura. Nótese lo anteriormente expuesto en el siguiente fragmento de su columna Detrás de la palabra dedicada a su madre. “Tenía 18 años cuando me parió de noche. Llegué de nalgas a este mundo, pero el obstetra la puso a parir, mientras tarareaba La era está pariendo un corazón. Ella se desangró y durante su larga inconsciencia tejía un imaginario hilo dorado.”

Solo él puede hacer literatura de la frivolidad de la gente que “tienen el armario lleno y el corazón vacío”, de los ciclones, de la discriminación del oriental en La Habana o de las adicciones a las series de televisión. Con el humor singular que le asiste a cada momento relata los hechos más inverosímiles que suceden en Cuba.

Sobre el Periodo Especial escribe: “Mi madre lloró el primer domingo de los ´90 en que no hubo carne que poner a la mesa; luego se enjugó las lágrimas y nos enseñó que la tilapia no sabe a tierra aunque viva en el fango”.

Critica de un modo muy original el futuro de los estudiantes que no esgrimen más estrategias de aprendizaje que el Control C, Control V: “Ya lo vemos vegetando en las aulas universitarias, como claria en nevera (los ojos de este pez superan en expresividad la pupila de ciertos estudiantes)… Al pecho, un escapulario de Santa Encarta, patrona de los desamparados.”

Describe lo risible de las situaciones que acaecen en una parada de guagua o dentro de esta. Incluso, llega a caracterizar a los personajes típicos como la señora de uniforme cuyo bolso chorrea, la pareja de adolescente que comparte iPod y ejecutan espasmódicos movimientos aunque haya vida inteligente debajo de sus bistecs, la familia con un niño de cinco años que desafía el toque de queda de la Calabacita…

Supone todo un reto redactar sobre efemérides que cada año se retoman como el Día de la Cultura Cubana. En 2013 Rubén vuelve sobre el tema, pero prescinde del tratamiento manido que se le da al acontecimiento en la prensa nacional. En el texto hace un recorrido de los procesos culturales de la Isla. Adopta una tercera persona y se pregunta cómo terminar su columna. Nos sorprende con un final que alude a los avatares de la vida de la acomodadora del Teatro “Eddy Suñol”.

Recordemos el reportaje en que relata cómo una niña sufrió quemaduras graves a causa de la desatención de los adultos encargados de la infante. Rubén relata el suceso de modo novelesco. Plantea que la pequeña se hizo invisible, cuestión científicamente improbable hasta el momento. El recurso lo emplea para enfatizar en la ausencia de supervisión de las personas mayores que no vieron cuando la niña inició el fuego.

Un tema que otro periodista habría convertido en un trabajo simplemente crítico, él lo hizo literatura. Se trata de los enfermos mentales que pululan por las calles de la ciudad y son maltratados por los supuestos cuerdos. Nos convida a no molestar a “la loca que tiene un par de trenzas al estilo de Pipa Medias Largas, tan extravagantes que parecen dibujadas”.

Rubén no es de esos profes del “hagan lo que yo digo y no lo que yo hago”. Él ha demostrado que se puede hacer literatura de la cotidianidad, pues en la vida todos somos personajes con historias susceptibles a ser contadas. Solo hay que descubrirlas y saber contarlas. A la larga no hay diferencias. El periodista no es más que un escritor en caliente. Y a Rubén ambos oficios le sirven para no ser “fula” y para estar “escapa´o”.

Anuncios

Acerca de Yasel Toledo Garnache

Corresponsal-Jefe dela Agencia Cubana de Noticias en Granma y Vicepresidente provincial de la AHS. Es graduado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y de Periodismo en la Universidad de Holguín. Periodista, ensayista y narrador. Amante del cine y el deporte.

Publicado el 11 de noviembre de 2013 en Personalidades y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: